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De la apatía de las calles, al entusiasmo ante las urnas

Muchos de los que fueron a las urnas explicaron que no querían perder la oportunidad de inclinar la balanza. “Voto porque quiero contribuir a la mayoría de la población votante que rechaza a Trump”, definió Christian Bravo, un joven puertorriqueño.

09 de noviembre de 2016 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
De la apatía de las calles, al entusiasmo ante las urnas
ELECCIONES EN ESTADOS UNIDOS. Muchos de los que fueron a las urnas explicaron que no querían perder la oportunidad de inclinar la balanza. (LaVoz)

Nueva York. El policía mira de reojo a una cámara que lo está apuntando y se acomoda la gorra, saca el pecho y hace una media sonrisa. Está en el ingreso al edificio donde Donald Trump esperaría los resultados de su contienda contra Hillary Clinton, en el centro de Manhattan, en el centro del mundo. Frente a él se despliegan cámaras y antenas con insignias en todos los idiomas, cientos de periodistas y turistas curiosos y algunos cuantos fanáticos.

Ese escenario, sobre una ciudad tan caótica y alucinante como siempre, fue durante todo el día el único signo evidente de que en Nueva York se vivía una elección histórica. Un cordobés podía esperar gigantografías con las caras del republicano y la demócrata luchando cachete a cachete por cada centímetro público y folletos apelmazando el paso. Nada de eso se vio en la Gran Manzana. Las extremas medidas de seguridad fueron claves ante la amenaza latente de un posible atentado, como así también de una reacción social. Y Midtown era un blanco fácil: allí esperaron los resultados los dos candidatos, con tan sólo 20 cuadras de distancia entre sí. Con fanáticos de un lado y del otro, y Trump marcando sospechas sobre la credibilidad de los resultados, el lugar podía estallar.

En radios barriales se habló incluso de una posible guerra civil y de milicias ya preparadas. Al final, la jornada parecía tranquila. “En Estados Unidos llevamos toda una tradición de traspaso pacífico del poder. Con 200 años de democracia, no es algo fácil de quebrar”, opinó una profesora demócrata nativa de Nueva York.

La seguridad llegó hasta dentro de las urnas: había policías en los 1.300 locales de votación. Pero no hubo grandes problemas. En muchos lugares, lo que se hizo evidente fue el interés por votar.

En una escuela de Queens, cerca de Richmond Hill, por ejemplo, los vecinos hicieron fila desde las 5 de la mañana. En la sala habilitada para votar, se podían ver cientos de votantes que iban y venía incluso sobre el cierre de las urnas. El dato era llamativo, dado que las elecciones se celebran un día hábil y que el voto no es obligatorio. Parecía el anticipo de lo que muchos esperaban: un alto nivel de participación que podría superar el 58 por ciento de la elección de Barack Obama en 2008.

Muchos de los que fueron a las urnas explicaron que no querían perder la oportunidad de inclinar la balanza.

“Voto porque quiero contribuir a la mayoría de la población votante que rechaza a Trump”, definió Christian Bravo, un joven puertorriqueño. En esas salas colmadas, se vivió al fin de cuentas el entusiasmo por la gran definición sobre el futuro de este país en los próximos cuatro años.