Convivir sin su conciliadora mirada
Sudáfrica debe salir adelante sin la presencia de un hombre que, pese a estar retirado de la vida pública, influía en la conciencia colectiva.
El cinturón de Mohamed Alí tras una vitrina en la casa de Orlando West, en Soweto, donde vivió y se gestó su inflexible deseo de cambiar su tiempo; la enorme imagen de un Nelson Mandela joven junto a su perro; los diplomas y premios que las universidades e instituciones del mundo compiten por otorgarle; las huellas de los tiros en una pared; las cuatro humildes habitaciones que poco anduvo durante sus años de mayor activismo –si no estaba en la cárcel, estaba viajando–; la proximidad del hogar de Desmond Tutu, otro prócer de la lucha contra el apartheid ; el infalible destello que brota en las miradas cada vez que se pronuncia la palabra "Madiba". Es parte de lo que atesora mi memoria de una visita al Museo de la Familia Mandela, durante un viaje a Sudáfrica el año pasado. Pero entre las imágenes de aquella pequeña casa que "Madiba" siempre consideró su verdadero hogar, entre los recuerdos de un bullicioso pueblo dispuesto a regalar sonrisas en todo momento, entre las fotos de la contrastante Johannesburgo, la cosmopolita Durban, la inolvidable Ruta de los Jardines, entre las nostalgias de elefantes y jirafas, también se filtró un pensamiento amargo: el de un país que sigue partido.Es que a Nelson Rolihlahla Mandela le sucedieron simples mortales, gente que no pudo o no quiso extender su lucha y hacerla evolucionar. Las libertades están, son las que logró Mandela a costa de su vida y su salud, pero las desigualdades en cuanto a la propiedad y los ingresos persisten, se aprecian a simple vista. La mayoría de los sudafricanos aún se identifica según su raza, al tiempo que se acrecienta la parte de la población negra que critica la reconciliación y el perdón otorgado a los blancos, tras décadas de abusos.A esa opaca imagen se le suman mensajes populistas de políticos que sólo buscan llenar urnas y escándalos de corrupción en el seno del Congreso Nacional Africano, el partido que Mandela lideró y que aún sigue en el poder.En medio de estos ultrajes al legado del primer presidente negro de Sudáfrica, a mediados del año pasado se produjo la peor matanza desde el final del apartheid, en 1994: la policía abrió fuego y mató a más de 30 mineros en huelga en la mina de platino Marikana, unos 100 kilómetros al noroeste de Johannesburgo. Los trabajadores de este yacimiento, explotado por la firma británica Lonmin, reclamaban un salario más justo.La sangrienta represión encendió las alarmas y amenazó con fracturar otra vez al país. Pero la ruptura no se produjo, tal vez porque los sudafricanos sabían que Mandela, aunque enfermo y alejado de la vida pública, los estaba viendo. Ahora, la mirada apaciguadora de "Madiba" se extinguió. Queda su inconmovible recuerdo. Ojalá alcance.

