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¿Apretó el presidente lo suficiente?

Ha logrado tirar la pelota hacia adelante. Ha conseguido el aplazamiento de la guillotina a su gran empeño presidencial, la reforma de la sanidad. 

20 de octubre de 2013 a las 12:01 a. m.
Xavier Vidal-Folch (El País, de Madrid)
¿Apretó el presidente lo suficiente?

Ha logrado tirar la pelota hacia adelante. Ha conseguido el aplazamiento de la guillotina a su gran empeño presidencial, la reforma de la sanidad. Ganar tiempo puede ayudarle a ganar la partida de fondo, a convencer a los beneficiarios de las bondades de su sistema Obamacare, hasta ahora muy mal gestionado burocráticamente.

Ha colocado la pelota en el campo republicano, que el 7 de febrero deberá decidir si disparar otra vez contra la sanidad pública, a riesgo de suicidarse. Perdió el partido republicano y perdió el Tea Party que lo atenaza, de acuerdo, porque la opinión pública les culpaba de antemano de una eventual suspensión de pagos que habría destruido a América como poder mundial. Pero derrotados, siguen.

Ha ganado la batalla ideológico-moral en la medida en que se evidenció que la derecha extrema solo pretendía estorbar, en contra de toda lógica económica, que es la que suele legitimar a las derechas: ¿cómo podían respaldar los mercados y las agencias de calificación la credibilidad financiera mundial de Estados Unidos si Washington se aprestaba a suspender pagos? Los republicanos que desafiaron al presidente se han rendido con armas y bagajes.

Obama ha ganado otra vez. Y tiene buenas bazas para que eso vuelva a ocurrir el 7 de febrero, cuando acabe el plazo obtenido. Quizá a cambio de algún cambio cosmético en su revolución sanitaria.

Algunos destacan que esta pelea se produce porque el extremismo del partido del té ha roto en clave de chantaje los equilibrios de poder, el imperativo de las responsabilidades de la oposición. Si esto es así, en febrero, el problema del precipicio fiscal se reproducirá en términos similares, a no ser que los talibanes muerdan el polvo del desprecio de la opinión y visualicen su desastre electoral. Estamos ante una carrera entre la validación social de la reforma y el éxito de los augurios de su boicot.

Otros subrayan el coste político mundial que supone la amenaza de la ingobernabilidad para el prestigio de la gran potencia. Añádase: Cámara y Senado parecían estos días el Consejo de Ministros de Agricultura de la Unión Europea, negociando agónicamente para obtener una patética validación de sus heroicidades localistas. Por esta vía remedaremos a Henry Kissinger: “¿A qué teléfono hay que llamar para hablar con Estados Unidos?”. Ese riesgo de irrelevancia.

Queda otra incógnita: ¿ha apretado Obama lo bastante para diluir la amenaza de los del té? Le quedaban pocos instrumentos. El principal, la Enmienda 14 a la Constitución, sección cuarta. Dice que “la validez de la deuda pública no será cuestionada”. Y da poderes al presidente para endeudarse y redimir deuda. Pero sólo enarbolar esa sugerencia de rebelión ante la Cámara rompería el juego de equilibrios que los moderados están obligados a preservar, aunque los revienten los extremistas. Y produciría incertidumbre.