Un problema de salud convertido en una alternativa estética
Estilo. Karla Ruiz Cofiño, especialista en nuevas tecnologías. Su cabello comenzó a caer tras un traumático cambio de vida, pero pronto lo adoptó. Esa audacia se corresponde con otros aspectos de su vida.
Viví mi infancia en Guatemala y me acostumbré a su eterna primavera, pero a los 19 años partí a Suiza, a estudiar Bellas Artes y cuando llegué era diciembre, hacía 12 grados bajo cero y sufrí un shock por el cambio de ambiente. De repente, comencé a perder cabello, apareció la alopecia. El pelo se me caía de a puñados, cuando me bañaba o al dormir. Era estudiante y los cortes de cabello en Suiza eran carísimos para mi presupuesto, por lo que una amiga me cortó el pelo con unas tijeras de cocina y me lo dejó horrible. Me rapé por primera vez y descubrí un nuevo rostro. Con mi cabeza rapada, pasé a tener una personalidad muy interesante, me decían "la artista latinoamericana", era algo exótico para los suizos, mostraba un estilo muy personal. Es verdad que cuando tenía cabello estaba orgullosa de mi pelo largo color castaño. Mis primos me decían que cuando corría lo movía de un lado al otro, era muy vanidosa. Pero transformé mi alopecia en un súper poder que me permite estar en cualquier clima. El cabello juega un rol fundamental en la personalidad que uno quiere transmitir, pero hay algo mucho más poderoso que la belleza estética y es la energía que transmitimos, la belleza interna. Lo que sentimos es más importante que lo que vemos. En mi vida trato de ser positiva, de aportar siempre lo mejor cuando estoy con alguien. Cuando me quedé sin cabello, al principio tuve miedo de que esta situación afectara mi relación de pareja, pero después me di cuenta de que valgo por lo que hago y por lo que soy y no tanto por cómo me veo. Y como me iba tan bien en mi trabajo, no fue un problema para mí. Aprendí a empoderarme como mujer y esto es el resultado de la confianza que una tenga en sí misma. Destaco que las personas que me ayudaron a creer en mí, a fijarme en metas grandes, fueron Alma Iris Castillo y Rodrigo Botrán. Cuando era niña, pasé por varios colegios. Siempre fui muy rebelde, pero con el paso de los años aprendí a adaptarme. El ser humano tiene capacidad de adaptación y hay que desarrollarla. Con los años, mi enfoque de la vida fue cambiando. Hasta los 35 años pensaba que mi éxito estaba directamente vinculado a la cantidad de dinero que tuviera en mi cuenta bancaria, pero después tomé conciencia de que no era feliz, trabajaba muchísimo, estaba cansada y triste, no tenía vida de pareja, amigos. En esa época, podía ir a la torre Eiffel en París, pero no tenía con quien compartir el viaje. Así que cambié mi concepción de éxito. Estoy convencida de que no hay éxito profesional en la vida que pueda reemplazar el fracaso personal. Hay que lograr un equilibrio entre ambos aspectos. La plenitud me llegó después de los 35 años. Estoy en pareja hace cinco años con Alex y estoy embarazada de mi primer hijo. Me hace feliz ayudar a compartir mi conocimiento con otras mujeres para que nos vaya bien a todas, no a mi sola. La idea es que todos nos desarrollemos en forma sostenible. Para empoderar a mujeres, antes tenés que haber fallado mucho para aprender de los errores, hay que saber trabajar en equipo y es un desafío formar grupos multidisciplinarios con personas que piensen distinto a uno. Con los años, también aprendí a manejar mi ego, porque creo que para crecer hay que tener mucha humildad. Producción periodística: Rosana Guerra

