La dificultad convertida en oportunidad
Trabajo sensorial. Carolina Méndez es catadora e integra un panel de “cata a ciegas”, que realiza análisis de productos químicos y alimentarios. Afirma que es lo que siempre le gustó.
Cuando me enteré de la posibilidad de hacer esta nota me alegré mucho, porque me gusta poder comunicar lo que vivo o viví y además porque creo que no se conoce demasiado sobre discapacidad. Hay gente en la calle que parece que tiene miedo de acercarse, no sabe manejarse y sufre porque me quieren ayudar pero no saben cómo. En general, me toman del antebrazo, como si me empujaran. Yo les digo: "No es así, vos dame tu brazo, porque vos me llevás". Es falta de conocimiento. Cuando comencé a perder la vista, lo primero que me dije fue "me tengo que educar". Quería aprender braille, porque entendía que era muy necesario leer, escribir, comunicarse. Aunque tenía un poco de miedo, me presenté sola a una escuela de adultos llamada General San Martín. En ese momento yo no usaba bastón. Me atendió la directora, que fue una maravilla, y me dijo: "Usted acá va a aprender a usar sus manos". Y eso me encantó.Estaba inquieta. Pensaba: "cómo serán los ciegos". Y encontré un mundo lleno de alegría, de gente positiva y con voluntad. Eso me ayudó mucho, enseguida me integré, porque a mí me gusta mucho la comunicación. Fui perdiendo la visión de a poco por problemas en la retina, pero todavía tengo luz y veo algo de bultos. Comenzar a usar bastón fue una maravilla. Yo ya lo tenía preparado porque trato de anticiparme a lo que vendrá. Me sucedieron algunas cosas que me hicieron decidirme. Por ejemplo, una vez, un taxi me rozó al pasar y casi me tiró al piso. Cuando salía de mi casa, me persignaba y oraba: "Dios mío, ayúdame en la calle". Hasta que me dije: "Esto se terminó, porque es culpa mía". Cuando una persona llega al bastón blanco se considera que es ciega. Agarré el bastón y le dije a mi marido: "Voy a la escuela para que me enseñen movilidad, porque estoy perdiendo mucho la vista y no quiero encima quedar paralítica". También lo hice por mi familia, para no darles trabajo. Recuerdo cuando aprendí a usarlo. Comencé a caminar y cuando llegué a la esquina una persona me dijo: "Señora, ¿la ayudo a cruzar?". "Qué maravilla –me dije–. Se acabó todo el riesgo". Siempre digo que el bastón es mi mejor compañero. Es mi automóvil: es barato, no paga patente, puede estacionar en todos lados y te lleva a todas partes.En 2001, me dije: "Quiero un trabajo" y comencé a indagar hasta que llegué a la consultora STG. Integro un panel de disminuidos visuales. Hacemos análisis sensoriales, una técnica que consiste en aplicar el uso de los sentidos para analizar distintos productos: desde perfumes y elementos de limpieza, hasta lácteos, levaduras, aceites, vinos. A través del olfato, el tacto y el gusto, evaluamos por ejemplo la persistencia de los desodorantes o la elasticidad de los quesos.

Mucha gente dice que la falta de visión hace que se potencien otros sentidos. No sé si es así. Creo que ayuda porque se va afinando cada vez más la sensibilidad; además, hay que concentrarse mucho y a lo mejor a un ciego eso le cuesta menos. Pero a mí ya desde chica me gustaba oler, hacer mezclas. Mi abuelo era doctor en Química y quizá hubiera seguido esa carrera si hubiera tenido posibilidad de estudiar una carrera universitaria, pero en aquella época para un ciego era difícil. Recuerdo que en el baño de la casa de mis abuelos me subía a un banquito para alcanzar el botiquín y mezclaba talco, con perfume y otras cosas. También me encantaba sentir el olor de las revistas y de los zapatos nuevos. Pero quizá eso era porque nunca vi bien del todo.
Me gusta muchísimo lo que hago, creo que he tenido suerte, jamás me hubiera imaginado trabajando a esta altura de mi vida. Es maravilloso levantarse y decir: “Tengo que trabajar”.
Gran parte de lo que he logrado ha sido gracias al apoyo de mi marido Alfredo, quien me ayuda mucho porque no me sobreprotege. Siempre estoy proyectando qué puedo hacer y nunca me detengo en lo que no puedo hacer. La educación hace a las personas dignas y libres.
Perfil
Carolina Méndez tiene 69 años. Está casada y tiene dos hijas, María Carolina, de 33 años (contadora pública), y María Paula, de 30, ingeniera industrial. Vive en Buenos Aires, es fiel oyente de Radio María y lee Colores, revista cordobesa hecha en braille.

