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El 68 latinoamericano, entre el cielo y la sangre

La letra de la canción decia: “Que vivan los estudiantes, jardín de las alegrías. Son aves que no se asustan de animal ni policía, y no les asustan las balas ni el ladrar de la jauría”. César Tcach.

06 de mayo de 2013 a las 12:01 a. m.
César Tcach*
El 68 latinoamericano, entre el cielo y la sangre

En 1968, los cuatro libros más leídos en Argentina fueron Cien años de soledad , de García Márquez; Mi amigo el "Che" , del periodista Ricardo Rojo; La mujer rota , de Simone de Beauvoir y Vida sexual de Robinson Crusoe , de Dalmiro Sáenz y Carlos Marcucci. Este ranking de lecturas se asociaba al amanecer de una nueva sensibilidad que, desde principios de los años sesenta, recorría todos los poros de la vida cotidiana. Las lecturas y películas preferidas, la definición de las amistades, la elección de pareja (la palabra "novia" es desplazada por la de "compañera"), los encuentros y conflictos familiares. En América latina, el proceso de constitución de un nuevo "sentido común" tuvo expresiones en la música, el teatro independiente y en otros medios artísticos. En Chile, Violeta Parra componía Me gustan los estudiantes , cuya letra, popularizada entre nosotros por Mercedes Sosa, era un canto a la rebelión juvenil: "Que vivan los estudiantes, jardín de las alegrías. Son aves que no se asustan de animal ni policía, y no les asustan las balas ni el ladrar de la jauría". En 1968, el uruguayo Daniel Viglietti editaba su disco long play Canciones para el Hombre Nuevo , en el que asociaba la revolución social a una transformación interna del ser humano. Ese mismo año se estrenó la obra teatral Tucumán arde en las sedes que la combativa CGT de los Argentinos tenía en Buenos Aires y en Rosario. Se trataba de una creativa denuncia de la explotación a la que eran sometidos los trabajadores de los ingenios azucareros. En el Instituto Di Tella de la Capital Federal, sede privilegiada de experimentación de las nuevas vanguardias estéticas, el conjunto Les Luthiers irrumpió en 1969 con un herético recital apoyado en instrumentos musicales informales. Al año siguiente, el Instituto fue cerrado por la dictadura de Onganía. Los vientos de cambio en América latina no se limitaban a ser el eco de las rebeliones en Europa o América del Norte. Se hermanaban a ellas en su horizonte utópico, pero se nutrían de afluentes propios y específicos, como la decadencia de las oligarquías vinculadas con la agroexportación, la impotencia de las burguesías nacionales para generar un círculo virtuoso capaz de asociar capitalismo y democracia, el crecimiento de las clases medias al amparo de nuevas pautas de modernización cultural y, en sus países más avanzados como Argentina, Brasil o Chile, la irrupción del movimiento obrero como actor político. Este conjunto de factores tenía lugar en un contexto internacional marcado por la descolonización de Asia y África, la derrota francesa en Argelia, norteamericana en Vietnam y, por cierto, el influjo de la Revolución cubana. Pero había un dato decisivo que distinguía las rebeliones latinoamericanas del Mayo francés. La generación rebelde latinoamericana no vivía en su mayor parte en países donde imperase la democracia política. Dictaduras militares o gobiernos marcados por altos niveles de autoritarismo (como el México del PRI o el Uruguay de Pacheco Areco), estaban a la orden del día. Precisamente en México, tuvo lugar uno de los hitos más relevantes: 1968 fue el año de las Olimpíadas, evento deportivo que convertía al país en una vitrina internacional. Los estudiantes aprovecharon la coyuntura para hacer oír su protesta contra el autoritarismo y la represión: "Papá: no quiero el México que me diste", "A la cabeza le pegan, ¿pero al pensamiento, cuándo?", "No queremos olimpíadas, queremos revolución", fueron frases que se pudieron leer en paredes o carteles a lo largo de los 130 días que duró la huelga estudiantil. El episodio más grave ocurrió el 2 de octubre en la Plaza de Tlatelolco, cuando los estudiantes –acompañados también por trabajadores, familias e incluso niños– fueron brutalmente reprimidos por el ejército con un saldo de 35 muertos.En Brasil, la protesta contra la dictadura desembocó en el asesinato del estudiante Edson Luis en Río de Janeiro. Como respuesta se produjo la impresionante "Marcha de los cien mil" en junio de 1968, con la presencia de docentes, estudiantes y artistas. Empero, la respuesta gubernamental fue un mayor endurecimiento. El poeta y músico Chico Buarque fue arrestado por la policía, viéndose obligado a exiliarse en Italia y fueron expulsados de las universidades 70 profesores, entre ellos, el sociólogo Fernando Henrique Cardoso (futuro presidente de Brasil), y el físico José Leite Lopes. En Uruguay, el acto obrero estudiantil del 12 de junio de 1968 fue duramente reprimido. Los manifestantes respondieron con el lenguaje de las barricadas y las bombas molotov. Al día siguiente, el gobierno de Pacheco Areco decretó las intituladas "Medidas Prontas de Seguridad" que suspendían los derechos de huelga, reunión y expresión. Dos días después, en Argentina, la FUA (Federación Universitaria Argentina) adhería activamente a la huelga general de trabajadores. A una y otra orilla del Río de la Plata, los estudiantes comenzaban a contar sus muertos, como el estudiante de Odontología Liber Arce en Montevideo y, antes, Santiago Pampillón en Córdoba. En América latina como en Europa Occidental, la "fiesta" que implicaba la transgresión de órdenes y jerarquías en el espacio de la cotidianeidad fue una dimensión inherente a las protestas juveniles. Pero en contraste con los países desarrollados, fueron teñidas de sangre por dictaduras y autoritarismos que no hicieron sino favorecer la eclosión de organizaciones cada día más radicalizadas.

*Investigador del Conicet, doctor en Historia y exvicepresidente de la Sociedad Argentina de Análisis Político