El orgullo por el suelo
La España de fines de los 80 y de los 90 era sinónimo de progreso y exitismo. Atrás había quedado el pasado reciente que tanto la asemejaba a Latinoamérica. Pero la burbuja también les explotó a ellos.
Daba gusto ver la elegancia de las españolas en 2003 y 2004: hacía recordar el estilo de las actrices de las películas de la década del '50, verdaderos ejemplos de femineidad, nada parecido al modelo andrógino y hasta desprolijo de las argentinas, que en la península ibérica de hace siete años se distinguían a 500 metros. En El Corte Inglés era posible regocijarse con productos que uno sólo había conocido en los libros y cuyo sonido al nombrarlos remite a la fantasía: capas de terciopelo, zapatos de cabritilla (en algunos casos del mejor cuero argentino), carteras de diseño. Y estamos hablando de El Corte Inglés, es decir, una cadena de ropa en serie, no de modelos exclusivos. En Zara era posible encontrar ropa igualmente hermosa –por lo menos para una latinoamericana del interior– pero después contar que era de Zara quitaba un poco de mérito a la prenda, porque las mercaderías de las grandes tiendas de Amancio Ortega eran consideradas "ropa de diez puestas". Hoy, en Buenos Aires, es sinónimo de compra costosa. El consumismo que se observaba en la España de 2003 y 2004, la elegancia tanto de hombres como de mujeres sólo era comparable con el exitismo de sus habitantes, que llegaba al extremo en el caso de los ejecutivos. El menor error era juzgado y despreciado como un acto ridículo; no había posibilidad de tropezarse. Ni hablar de admitir que algo había salido mal y relajarse o hasta reírse de ello; eso era para los perdedores.Pero algo no cerraba. El salario promedio de un joven calificado, empleado en una gran compañía, oscilaba entre 800 y mil euros y un alquiler insumía entre 650 y 850 euros. Entonces, había dos opciones para quienes querían resolver algo tan vital como tener techo y al mismo tiempo mantener un estándar de consumo alto. Esas alternativas eran compartir departamento con personas conocidas o desconocidas o endeudarse para comprar un departamento propio. Este podía ascender hasta los 500 mil euros en el caso de un estudio (monoambiente) de categoría. Esta segunda posibilidad –que para un argentino parecería impensable con un salario de mil euros– sí era factible en esa España, porque el gran negocio de los bancos era prestar a todo el mundo y alimentar así una industria de la construcción que parecía dominar todo. Las grúas y las grandes maquinarias para erigir edificios eran omnipresentes.Era hermoso, pero desopilante. Quien venía de vivir otra fantasía trágica –la de la convertibilidad del peso argentino con el dólar– se animaba a pensar que eso sólo tenía un destino: explotar. Pero decirlo quedaba muy mal, porque era interpretado como resentimiento. Al fin y al cabo, uno provenía de un país de perdedores, un país de holgazanes que para algunos (desde almaceneros hasta docentes universitarios) no merecía ni la piedad de la España católica que le había enseñado a los latinoamericanos lo que era la piedad 500 años antes.Sin embargo, entre tanto derroche, entre la fila de gente que se peleaba por adquirir una rosca de reyes a 70 euros (el mismo precio de un jean ), o que madrugaba para ser la primera en apertura de la temporada de las (falsas) liquidaciones, había especialistas que advertían que la productividad española (el ratio entre el producto bruto y el número de trabajadores) era muy baja, sobre todo si se la comparaba con la amenazante China o con los países del Este. Algo que sólo se podía resolver bajando todavía más los salarios (algo impensado), con despidos o con un cambio cultural que se tradujera en un aumento de la capacidad de trabajo. Los españoles de vagos no tenían nada, pero sí contaban con un horario extendido por dos horas de almuerzo y, por supuesto, la productividad china era un patrón difícil de imitar.Pero lo que más aterraba a los que sabían mucho de economía era que estallara lo que ya llamaban "burbuja inmobiliaria". Y estallar era, en ese momento, que bajara el precio de las viviendas. Uno, argentino, que no entendía nada, que no sabía que era posible vivir en una casa que al mismo tiempo sirviera de garantía del crédito que había tomado para comprarla, uno, que pensaba que eso sólo existía en las películas norteamericanas decía ingenuamente: "Pero, al contrario, lo bueno sería que bajaran los precios de las viviendas". Y se encontraba, del otro lado, con una cara de horror.Lo cierto es que nadie se animaba a sembrar masivamente esta preocupación, era mejor disfrutar la fiesta de una boda real que recordaba a los españoles que tenían corona y les permitía recuperarse un poco del dolor del atentado a Atocha del 11 M, ese que aseguró a Zapatero la victoria, luego de años de un discurso beligerante lleno de una ferocidad que siete años después se convirtió en humildad y derrota con un llamado anticipado a elecciones.Como en todo, cada país tuvo sus matices, pero la burbuja española terminó de hacer "plop" con las esquirlas de la crisis estadounidense de 2008, cuando se blanqueó que las entidades bancarias financiaban a clientes con poco respaldo para luego armar extrañas estratagemas con esas carteras de créditos. La gente dejó de pagar porque las viviendas se volvieron impagables, los bancos se quedaron con viviendas cuando su negocio no son las viviendas (y tienen estrictas reglas con respecto a cómo debe componerse su activo) y las casas se fueron a remate por un precio muy inferior al del crédito, lo cual dejó endeudados y en la calle a inocentes y no tanto. Y el matiz de España era precisamente esa productividad de la cual se hablaba tanto pero sobre la que se podía hacer tan poco: las insensibles multinacionales o hasta empresas de capitales nacionales deslocalizaban (verbo que se aprende allí y que quiere decir trasladar a otros países más baratos como la Argentina) la producción y los jóvenes se quedan sin casa, sin trabajo, sin futuro y sin respeto. Es decir, indignados.

