Identidad nacional e inmigración
Los atentados e incidentes de los últimos tiempos en Europa tuvieron, en parte, connotaciones racistas. Por la misma razón, en Francia, el debate sobre la identidad nacional derivó en una discusión sobre la inmigración.
Marius tiene 27 años. Mientras busca un empleo fijo, que le permitirá sacar un crédito y empezar a establecerse, se las arregla con trabajos temporarios como empleado en una galería de arte, de día, y portero en un bar, a la noche. Sus padres, originarios del departamento de ultramar francés Martinica, una isla caribeña que pertenece a Francia desde 1635, se instalaron en las afueras de París hace más de 30 años. Ambos consiguieron trabajo en la Ratp, la empresa francesa a cargo de todos los medios de transporte en la región parisina. Marius precisará luego que, si bien el acceso al trabajo no fue problemático para ellos, no pudieron crecer laboralmente. Marius nació en Francia, tiene la nacionalidad francesa (ver ¿Cómo se adquiere la nacionalidad... ) y fue a un colegio francés en el que cantaba La Marsellesa, el himno nacional de este país. Paradójicamente, la identidad francesa es para Marius "un combate", según sus propias palabras. "Tengo el mismo problema de integración que un francés de origen árabe. Mis padres vienen de una isla francesa y yo nací en este país, pero como soy negro la identidad francesa se convierte en un combate cotidiano. Debo demostrar todo el tiempo que soy ciudadano francés. Nosotros también somos considerados como una segunda generación de inmigrantes y lo peor es que el gobierno actual alimenta esa hostilidad social", dice a La Voz del Interior . Vivir con dos culturas. Su testimonio coincide con el de muchos jóvenes franceses cuyos padres, de origen extranjero (muchos, incluso, naturalizados luego como franceses), inmigraron por motivos diferentes a este país hace 30, 40 ó 50 años. Son jóvenes que nacieron en Francia, que crecieron inmersos en dos culturas (la argelina o la marroquí, por ejemplo, en sus casas y a veces incluso en sus barrios, y la francesa en el colegio) y que hoy sienten que esa biculturalidad, lejos de ser un enriquecimiento, se convierte en un impedimento. Las iniciativas del actual gobierno francés fomentan ese malestar porque traspasan los objetivos recurrentes de las políticas migratorias y van derecho al corazón de los llamados "segunda generación de inmigrantes": jóvenes que nacieron aquí pero que están condenados a ser retrotraídos a sus orígenes extranjeros por tener padres inmigrantes que no son franceses, o que no lo son de nacimiento. Valga como ejemplo un discurso del presidente francés, hace poco más de un año, en el que estableció una relación directa entre la delincuencia y las dificultades de integración de ciertos inmigrantes. Esto ocurrió luego de los incidentes y enfrentamientos entre la policía y algunos manifestantes en un barrio popular en Grenoble (sudeste de Francia).Esos hechos y la reacción oficial francesa fueron asociados días atrás con los incidentes en Londres y otras ciudades del Reino Unido y el discurso del primer ministro David Cameron prometiendo mano dura.Un año atrás, Nicolas Sarkozy declaraba: "Francia está pagando las consecuencias de 40 años de inmigración descontrolada que concluyen en un fracaso de la integración". En esa misma ocasión, propuso retirarle la nacionalidad francesa a toda persona de origen extranjero que arriesgara intencionalmente la vida de un representante de la autoridad pública. Pero el caso más llamativo fue quizás el debate sobre la identidad nacional impulsado por el gobierno de Nicolas Sarkozy. De cara a las elecciones de 2012, el objetivo era capturar los votos del electorado del Frente Nacional, el partido de extrema derecha de Jean Marie Le Pen. Y era además una iniciativa que el entonces candidato presidencial había adelantado durante la campaña presidencial de 2007, junto con su intención de crear un ministerio "de la Inmigración, la Integración, la Identidad Nacional y el Desarrollo Solidario". La promesa se cumplió a fines de 2009. El ministro de esa nueva cartera, Eric Besson, lanzó este debate que debía durar tres meses. El propósito, según aseguraba, era el de construir una visión común de lo que es la identidad nacional y permitir así el nacimiento de acciones que reafirmaran los valores republicanos y el orgullo de ser francés. Las preguntas giraban en torno a lo que significa ser francés y a los valores unificadores de esta nación, pero la intención era también la de reflexionar sobre el aporte de la inmigración a la identidad nacional. Una de las propuestas de Besson en este marco fue incluso que todos los escolares cantaran al menos una vez al año el himno nacional. Pero el debate derrapó, dio lugar a una controversia sobre la inmigración y reveló sentimientos antimusulmanes. Para caricaturizar las declaraciones del gobierno, el presidente de la asociación SOS Racismo apareció en los medios con una boina y una baguette (barra de pan) bajo el brazo: una clara burla a la imagen estereotipada de la identidad nacional. La estadística que habla. Desde siempre considerada una tierra de inmigración, se calcula que en Francia el 11 por ciento de la población es inmigrante (6,7 millones sobre una población total de 60 millones), según el último estudio comparativo publicado en 2010 por el Instituto Nacional de Estudios Demográficos (Ined). Estas cifras la ubican en el sexto lugar del mundo, detrás de Estados Unidos, Rusia y Alemania por ejemplo, pero en el segundo país europeo, delante de Gran Bretaña (con 6,5 millones) y de España (con 6,4). Del total de los inmigrantes, y según datos del Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos (Insee), aproximadamente 35 por ciento es originario de un país de la Unión Europea (1,8 millones), 31 por ciento (1,5 millones) viene del Magreb –es decir, de Argelia, Marruecos y Túnez–, y 12 por ciento llega del resto de los países africanos. Según estos mismos organismos, los hijos de inmigrantes nacidos en Francia representan el 11 por ciento de la población total (6,5 millones), y alrededor de 200 mil nuevos inmigrantes llegan a Francia cada año. El 40 por ciento se instala en la región parisina. Y se calcula que cerca de 14 millones de franceses (23 por ciento de la población francesa) tienen al menos un ancestro inmigrante.Para la historiadora Marianne Amar, Francia está reactivando fenómenos antiguos de expulsión. "El miedo al extranjero es algo viejo. Ya en 1880, al momento de la constitución de la República, el concepto de lo que era 'nacional' se construyó en oposición al 'extranjero'. En períodos de crisis nace esta necesidad de construir algo para sentirse mejor y poder decir 'al menos tengo algo, soy francés de pura cepa', analiza esta investigadora del Museo Nacional de la Historia de la Inmigración. Aunque resalta: "Nunca un gobierno había planteado la creación de un ministerio de la identidad nacional, ni siquiera bajo el régimen de Vichy (durante la ocupación nazi). Las instituciones como la escuela, el servicio militar e incluso los sindicatos de trabajadores, son en general las que construyen la identidad de los franceses y las que integran a los inmigrantes. Es esto lo que está fracasando". La socióloga Laure Pitti, de la universidad Paris 8, especialista en las discriminaciones etnorraciales en el mundo del trabajo, precisa: "El trabajo tiende a ser un lugar de sociabilización donde los orígenes no son vistos como un problema. Los mecanismos de discriminación no pesan en la relación entre colegas, sino que aparecen antes, en el acceso mismo al trabajo. Son discriminados según su origen pero también según la historia poscolonial, entre ese país y Francia". De dónde vienen. Como explica Amar, el mapa migratorio francés es tan diverso como las causas de esas llegadas: la necesidad de mano de obra provocada por el envejecimiento de la población y por las guerras, la situación geográfica de este país y su historia de antigua potencia colonial. Entre fines del siglo 19 y principios del 20, y luego de la Primera Guerra Mundial llegaron italianos, belgas, españoles y suizos (los polacos y los italianos, la comunidad más grande en los años '30, contribuyeron masivamente en la minería, la construcción y las industrias siderúrgica y metalúrgica). Después de la Segunda Guerra Mundial, creció intensamente la inmigración portuguesa, magrebí y del resto de África. En los años '60, la independencia de Argelia, hasta ese entonces una colonia francesa, provocó la llegada masiva de trabajadores de ese país. En 1975 los argelinos eran el segundo grupo de extranjeros más importante de Francia. Actualmente, las causas de la inmigración están más ligadas a los pedidos de asilo y al reagrupamiento familiar."La guerra de Argelia cambió todo. Con la llegada de argelinos, en los años '60 y '70, se agregaron cuestiones de poscolonialismo. Son como nosotros desde el punto de vista jurídico, pero no para la gente. Están golpeados por la exclusion", opina Amar. Mensaje desde las colonias. Los padres del artista francés Kader Attia, que trabaja sobre la noción de diáspora y expone actualmente en la Tate Modern de Londres, son argelinos que, por cuestiones económicas, llegaron a Francia después de la independencia de ese país. El padre trabajó un tiempo como obrero pero volvió finalmente a Argelia hace 30 años. La madre, en cambio, descubrió libertades que en aquella época no existían para las mujeres de su país, como la de poder manejar su propio auto, y decidió quedarse en Francia, donde crió a sus siete hijos. Nacido aquí hace 40 años, Kader tuvo la suerte de vivir en Argelia entre los dos y los ocho años, antes de volver a Francia para completar su escolaridad. "Tengo la doble nacionalidad. Y esta doble cultura es placentera porque me permite sentirme bien en los dos lugares. Del lado francés están el pensamiento y la reflexión. Del argelino, esa sensación de juventud, incluso en la gente mayor, por ser una población muy nueva. Una sensación agradable y prometedora porque hace sentir que podemos construir un mundo nuevo", cuenta Kader. Este artista considera que el debate sobre la identidad nacional es problemático porque mezcla los criterios históricos con la evolución contemporánea de Europa y de la economía. "Francia ya no es un país en crecimiento. Frente a ese nuevo escenario, se pone nuevamente en cuestión el lugar que ocupan los inmigrantes, como si ellos hubieran venido a robar sus trabajos. El debate está en el límite de lo condenable. Es casi un ataque a la dignidad del individuo", opina. En efecto, los inmigrantes, en general, ocupan puestos de trabajo que los franceses no quieren. Esto tiene una explicación. "Hay que ver la historia de la inmigración en relación con la de la estructuración del trabajo: el último en llegar ocupa el último lugar en la cadena", apunta la socióloga Laure Pitti. El debate sobre la identidad nacional se clausuró de forma discreta. La gran reunión de cierre que se preveía, con la presencia del presidente francés, terminó en una conferencia corta presidida por el Primer Ministro. A Eric Besson lo removieron pero rápidamente consiguió trabajo como ministro de Industria, Energía y Economía Numérica. Hoy se lo escucha mucho menos. Nicolas Sarkozy ganó cuatro puntos entre el electorado de extrema derecha pero, según las encuestas, perdió cinco entre los simpatizantes de la derecha moderada. Marius, negro pero francés, sigue buscando un empleo.
Gueto e integración
Los inmigrantes están particularmente presentes en las zonas fronterizas y en las regiones urbanizadas o industriales, como en los alrededores de París, según datos del Insee. El artista francés Kader Attia (40 años), cuyos padres vinieron de Argelia en los años 60, vivió toda su infancia en Dugny (norte de París), en el departamento Seine-Saint-Denis, uno de los más poblados por inmigrantes de toda Francia. "La situación cambió totalmente. En los 80 había muy pocos símbolos religiosos. Pocas mujeres usaban el velo islámico y lo único muy musulmán que recuerdo es el imán de la mezquita a la vuelta de mi casa. Hoy se visten distinto y caminan de un lado al otro con sus largas barbas. No sé qué hacen pero ahí están. Esos lugares se transformaron hoy en ghettos. Todo está destruido, es dramático. La única escapatoria posible es salir de ahí", confiesa Kader. Para el sociólogo Didier Lapeyronnie, profesor de la Sorbonne, la diversidad social no permitía hace 20 años considerar que esos barrios eran ghettos. Pero el aumento del desempleo conllevó un ascenso de las diferencias sociales y de la segregación racial. Para el reconocido sociólogo Eric Bassin, algo muy significativo es la vuelta al vocabulario de la palabra asimilación. "Desde hace mucho tiempo, el no asimilarse puede justificar el rechazo a ser naturalizado francés. Pero ahora el ministro del Interior, Claude Guéant, considera que la integración es para los extranjeros que tienen la voluntad de entrar en Francia y que la asimilación es para quienes tienen además la intención de quedarse. Es decir, no sólo para quienes quieren convertirse en franceses. De hecho, persisten en utilizar estas palabras (integración, asimilación) no sólo para los extranjeros sino incluso para los franceses... de "origen extranjero". En definitiva, se los considera eternamente extranjeros".

