Cultura. Una mujer inolvidable
Hay libros que son inolvidables, y no me refiero a obras inmortales, como La Ilíada o Ana Karenina, ni a las tragedias de Shakespeare o a los cuentos de Borges.
Hablo de novelas que, sin ser obras maestras, nos deleitaron, llevándonos a releerlas y a recomendarlas a jóvenes que no las conocían ni por las tapas.
Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, es una de ellas; Rebeca, una mujer inolvidable, de Daphne du Maurier, es la segunda. Ambas transcurren en una propiedad representativa: Tara, la mansión sureña de la Guerra de la Secesión norteamericana (siglo 19), y Manderley, en el oeste de Gran Bretaña en el siglo 20.
Sin embargo, sus protagonistas no podrían ser más diferentes: hay un abismo entre la luchadora, amoral y seductora Scarlett y la tímida y apocada heroína de la segunda; entre el aventurero Rhett Butler, de Mitchell, y el Maxim de Winter, de Du Maurier, aristocrático y sombrío.
También las tramas son diferentes: la primera es una epopeya; la segunda, un libro de suspenso, que Alfred Hichcock eligió para filmar, deslumbrando a los norteamericanos como ya antes el libro había vuelto locos a los ingleses.
Los personajes estaban magníficamente interpretados, pues la muy joven Joan Fontaine y el apenas maduro Laurence Olivier desplegaron sus actuaciones, y la fabulosa Judith Anderson representó a una de las malas más logradas del cine.
No puedo desprenderme de ninguna de las versiones: la escrita y la filmada; ambos se mezclan en mis recuerdos con el sabor de las cosas perfectas, entretenidas, con un suspenso como sólo la autora y el director de la película podían lograr.
La atracción de Rebeca es la vieja receta de la cenicienta en peligro, la dama dragón tras la puerta, y el aire gótico de la mansión, y el tema es un clásico: una joven tímida, dama de compañía de una anciana millonaria, conoce en Montecarlo a un aristócrata inglés, viudo, algo mayor que ella y muy rico: Maxim de Winter. Ella queda seducida por él, pero el lector –o espectador– no entiende qué ve este hombre en esa joven apocada, a la que de pronto le pide matrimonio.
Después de la luna de miel, regresan a Gran Bretaña, a su mansión en Cornwall –Manderley–, cuyo nombre ha hecho historia.
Pocas frases han logrado persistir en la memoria de sus lectores como la que pronuncia la protagonista: “Anoche soñé que regresaba a Manderley…”, y hasta hoy este nombre es emblemático, y la colección de libros románticos de una gran editorial adoptó su nombre.
En Manderley aparecen los amigos de Rebeca, quien fue la primera esposa de Maxim, “una mujer inolvidable”, como dicen todos, cuya muerte ha sumido al marido en tal depresión que se ha casado con aquella tonta sólo para llevar su vida social.
Pero el mayor peligro no se esconde en cuartos cerrados, en guardarropas de increíbles prendas o en la caseta del embarcadero, a la que la segunda esposa tiene prohibido ir.
La joven teme menos al fantasma de la muerta que al ama de llaves –Mrs. Danvers–, que parece disfrutar con los equívocos con los que ella tropieza, y tampoco oculta el cariño y la admiración que tiene por Rebeca, ni el desprecio que siente por la nueva señora, a la que considera incapaz de asumir el papel de la otra.
Todo parece armado para aislar a la protagonista, desde la reticencia de su marido a hablar del tema hasta el espíritu de la difunta: ¿realmente está muerta Rebeca?
Desesperada por entender, la protagonista comienza a pensar que Maxim ha asesinado a su mujer. Esto la aterra, pero, decidida a recuperar su amor, comienza a investigar lo que sucedió realmente.
Libro y película dejaron su marca: como los nombres de Maxim y de Rebeca con que se anotaron tantos niños nacidos después de leerse el libro, o la ropa que Joan Fontaine usó en la película, que se puso de moda y marcó una época.
A los que no leyeron la novela ni vieron la película, les propongo buscar el libro en una librería de usados o pedirlo en una biblioteca circulante. Y consigan la película, pues, como decían entonces, “irán al cine a ver a Rebeca y saldrán del cine sin haber visto a Rebeca”.
En la primera página, Daphne du Maurier nos cautiva; en la primera escena, Alfred Hitchcock nos atrapa y ya nunca olvidaremos a las mujeres de Manderley.

