Bajó el telón. Jesús María 2026, lunes extra: un cierre con premios, fiesta y la magia blanca de la chaya
El Festival de Jesús María concluyó una edición para la historia. Paquito Ocaño tuvo su gran noche en el anfiteatro, que se bañó de harina con Sergio Galleguillo.
Después de tres días multitudinarios, en los que no fue nada fácil la recorrida por el anfiteatro José Hernández, la tarde noche del lunes tuvo sabor a relax, al menos en su inicio.
Cerca de las 21, una concurrencia de aproximadamente 12 mil personas ofrecía la posibilidad de caminar tranquilamente por las instalaciones del recinto que alberga al Festival Nacional de Doma y Folklore desde 1967 (apenas un año más tarde de la primera edición, realizada en lo que todavía era un descampado).
En ese recorrido, las caras de cansancio de los trabajadores de puestos gastronómicos y colaboradores del festival hablaban por sí solas. Con el último suspiro de energía, y con horarios trastocados por el trajín de varias madrugadas convertidas en mañanas, el horizonte del final estaba cerca. Pero todavía faltaban la chaya, los premios y un clima general de fiesta que se extendería hasta la madrugada de la mano del cuarteto.
Así, tras 11 jornadas y con la yapa de este lunes, el evento bandera del norte cordobés comenzó a despedirse hasta el año que viene, cuando todo vuelva a ponerse en marcha para lo que ocurrirá entre el 8 y el 17 de enero de 2027.

Un comienzo auspicioso
Este día extra tuvo sabor a revancha para artistas y público que se quedaron con las ganas de más en los dos días cancelados de esta edición (jueves 8 y martes 13) y en un tercero (jueves 15) que no pudo culminar debidamente.
Pregúntenle, por caso, a los catamarqueños de Carafea, que sufrieron la lluvia de la jornada inaugural en primera persona y quedaron con la ilusión trunca de debutar en el festival en medio de un momento de mucha exposición.
Es que el grupo que tiene como cera visible a Rafa Salas viene de participar en FAlklore!, ciclo que ha dado visibilidad viral a artistas del amplio espectro de la música de raíz a nivel nacional. Por eso, con la posibilidad de la reprogramación y después de verlos sobre el escenario Martin Fierro, la sensación de justicia poética se hizo carne.

La banda salió a escena en pleno anochecer, luego de Gualicho. De la mano de un repertorio con varias referencias a su provincia y un cantante que no necesita más que su voz y su interpretación para dejar una marca, el público que todavía que se acercaba lentamente al anfiteatro se encontró con una grata sorpresa. No llamó la atención que fueran distinguidos con una mención especial a la hora de las premiaciones artísticas.
Acto seguido, y con cada vez más público en el campo de la jineteada y en el anillo que rodea a las tribunas, El Indio Lucio Rojas ratificó su condición de local en Jesús María. Consagrado en 2018, el cantor del chaco salteño disfrutó de una nueva presentación en el escenario Martín Fierro, lugar que le sienta como su casa. De hecho, antes del final de su show, recordó que este país “se hizo a caballo”, idea que suele ser comentada por los relatores de la jineteada.
Con sus chacareras del monte y sus zambas carperas, y con la presencia siempre clave de su hermano Alfredo, Rojas vivió una noche muy especial, que tuvo a su padre en la platea y que también lo encontró a él chayando al ritmo de Sergio Galleguillo como un espectador más. “Cómo me miman, che”, expresó el músico tras ser reconocido por el festival por su actuación en esta edición 60 con el correspondiente aplauso del público.

Chamamé y chaya
Sin otras actividades que ayudaran a distraerse de lo ocurrido en el escenario, los shows que se dieron entre la noche del lunes y la madrugada del martes fueron “uno detrás de otro”. Así, minutos después del cierre del Indio, llegó el turno de Paquito Ocaño, a quien le esperaba un momento definitorio en su carrera.
El cantante de Sebastián Elcano, exponente del nuevo chamamé y del folklore del norte cordobés, salió a comerse la cancha en una actitud que ya forma parte de su identidad. Inquieto, movedizo a los Speedy González, y con un encanto sin demasiados artificios, el artista lo dio todo ante un público acostumbrado a su entrega y a un repertorio por momentos vertiginoso, que obliga a moverse sí o sí.

Además de sus versiones chamameceras de éxitos contemporáneos (inició el show con Cuidado que te supero), también hubo lugar para composiciones de otros ritmos que aluden a su lugar en el mundo. Chacarera pa mi querencia (con videoclip filmado en su pueblo, con sus vecinos y familiares), La poco y pacha o Chacarera de las piedras levantaron en alto la bandera del norte cordobés.
Al igual que en el caso de Carafea y su mención, no resultó extraño que Ocaño reciba el añorado premio Consagración. Su despliegue escénico, su banda y su carisma instantáneo lo ubican como uno de los artistas con más horizonte de crecimiento en términos de popularidad y centralidad festivalera. “La noche de Paquito Ocaño” en este u otro festival ya no resulta una expresión alocada: parece estar cada vez más cerca de ser una realidad.
Inmediatamente después, todo comenzó a teñirse de blanco para recibir a Sergio Galleguillo, el músico que se transformó en el embajador de la chaya y que lleva consigo esa cultura de carnaval enharinado y picaresco.
Para quien no haya tenido la experiencia, valga la recomendación. Ver al riojano y todo lo que genera es uno de esos obligados que tiene el folklore argentino actual. Si hasta el propio Indio Lucio Rojas sonreía en la platea con rastros de chaya en su rostro.

En el que fue el show más extenso hasta la llegada de las figuras cuarteteras, Galleguillo fue nuevamente el motivo por el cual unas 18 mil personas se entregaron a ese carnaval blanco que recorre el país con sus actuaciones. Niña Chay, El camión de Germán o Carnaval de La Rioja, entre otras, no son sólo canciones: también son una especie de sagradas escrituras de esa liturgia que tiene en Galleguilo a una suerte de profeta. En su tierra y en rodeo ajeno también.
En el cierre, la presencia de Damián Córdoba como invitado anticipó lo que vendría un rato después y funcionó como un cruce lógico entre dos referentes de una misma manera de entender el rol de la artista. Uno a través del folklore y el otro en modo cuarteto son parte de una misma genealogía de entretenedores natos, capaces de hacer bailar “hasta a los muertos”.
Cerca de la 1 de la mañana, y con el final del show del “Gallo”, llegó el turno de las premiaciones artísticas. Además de la consagración de Paquito Ocaño, que celebró haciendo pogo con su equipo en medio de la platea, resultó Revelación el uruguayo Lucas Sugo y recibieron menciones Carafea y Chequelo.

Ese momento de emoción compartida en el escenario, que se extendió luego a la sala de conferencias de prensa, fue también la carroza convertida en calabaza de una edición que comenzó a despedirse con ese acto simbólico de distinciones y repaso por todo lo ocurrido en esta edición 60.
Al cierre de esta edición, Damián Córdoba y LBC y Euge Quevedo volvían a poner en primer plano al cuarteto, género que se ha adueñado más que nunca de las madrugadas del anfiteatro, y que en este cumpleaños de 12 noches ratificó no sólo su preponderancia en el festival, sino también en el presente actual de la música argentina. Habrá que ver qué ocurre en 2027, pero esa ya es harina de otro costal.

