Bajo relieve. La joven de la mantilla II: la historia de Josefina Saturnina Rodríguez de Zavalía
Al coronel no le cabía en el ánimo que una mujer que no tenía un hombre que la protegiese, cuya familia peligraba por unitaria, se le resistiera, y después de pensarlo, decidió combatir la fe con la fe: se dirigió al confesor de Saturnina, y lo amenazó con una ola de atrocidades que caería sobre la ciudad. Sólo la entrega de Saturnina -en matrimonio, claro-, moderaría el ansia de someter mediante “espantosas represalias” a los que le negaban la posesión de la joven.
El sacerdote, aterrado, debió convencer a la casi novicia de que tenía que casarse con quien pertenecía a los que habían ultimado a su cuñado y a sus sobrinos -uno de ellos adolescente-, pues la paz de Córdoba dependía de eso,
Imagino que Saturnina cedió por temor a lo que podía pasarle a los suyos o al convento donde se refugiaba, y así unieron a la que quería ser esposa de Cristo con un hombre “violento, desaprensivo, licencioso,, incapaz de reconocer límites”.
No tuvo siquiera la alegría de tener hijos propios, pero puso su cariño en los de él, Deidemia y Benito. El matrimonio duró quince años mientras “políticos y militares de la Confederación, el Coronel Zavalía entre ellos, disputan ante los últimos estertores de la dictadura rosista”, escribió Álvarez Lijó; Martínez Paz lo señala entre los “inquietos y resueltos” que conspiraban contra Quebracho.
Zavalía murió en 1865, sin los auxilios espirituales, hecho que solía tomarse como castigo divino.
Un día de otoño, mientras sellaban la tumba, creo ver a Saturnina suspirar de alivio: se había comportado como la sociedad y la iglesia querían y ahora podía dedicarse a su vocación: fundar escuelas, impartir enseñanza, ayudar a mujeres desgraciadas. Quizás sus proyectos fueron demasiado osados para la época: ninguna congregación quiso aceptarla. Entonces, impaciente, fundo su propia Orden.
Le costó sinsabores y años, pero la idea de ayudar a las víctimas de la miseria y el desconcierto, agravados a la caída de Rosas, hizo que obtuviera lo deseado. Tomó el nombre de Catalina de María -en recuerdo de su madre, que había muerto al dar a luz- y se refugió, con once postulantes, en una vieja casa de la Avenida General Paz entre 9 de Julio y Colón, “donde era reina y señora la pobreza”.
Aún sin hábito, abrieron una escuela para niñas con dos huérfanas como protegidas; con el tiempo, dieron instrucción y trabajo a mujeres de mala conducta o caídas en la miseria.
Saturnina -ahora Madre Catalina de María- fue acompañada al morir, en 1896, por 3000 niñas educadas en su orden. Dejaba 13 casas en nuestro país y 18 en Chile, que luego se multiplicaron. Sus compañeras -300 por entonces- se nombraban Esclavas del Corazón de Jesús y debían su formación al empeño de esta mujer que se había propuesto aliviar el dolor y la ignorancia que dejara tras sí una época de violencia; una mujer que no se permitió la debilidad de renunciar a sus sueños.
Hay algo, sin embargo, que deja una espina de intriga en el estudio de la vida de Saturnina: por qué no tuvo hijos.
Su familia se distinguía, como muchas de su época, por los sucesivos nacimientos: su madre murió en el último parto, muy joven pero ya con varios hijos; sus hermanas también concibieron. El coronel Zavalía tenía al menos dos hijos legítimos y se rumoreaba que algunos ilegítimos.
Sin embargo, Saturnina y Zavalía no los tuvieron.
No parece probable que ella padeciera de esterilidad, porque nada en su vida, en su salud ni en los antecedentes familiares lo hace presuponer. Tampoco en los de él.
Y si bien Zavalía llevaba una vida desordenada y sin límites, generalmente lo hacía fuera de la ciudad, en sus campos, donde murió y quedó enterrado, donde daba rienda suelta a todas aquellas pasiones que lo dominaban: el juego, la bebida, las mujeres, los duelos.
Hay varios testimonios, sin embargo, de cómo él la trataba pública y privadamente con respeto y devoción, y los hijos de él le tenían un profundo cariño.
Yo creo, muy secretamente, que ella aceptó casarse con él pero que hizo un pacto de no entregarse, de que él respetara su virginidad. Y él lo aceptó.
Como en las leyendas medievales, una doncella consiguió detener al bárbaro y cautivarlo con la fuerza de su inocencia.

