Teatro. Cristian Alarcón y Lorena Vega, sobre su obra Testosterona: Periodismo performático, en carne propia
Protagonista y directora hablan de la experiencia escénica que los reúne, y que jerarquiza la cartelera del Comedia. Traumas, mandatos, nuevas masculinidades y el cuerpo como territorio de lucha.
Testosterona, el biodrama performático protagonizado por Cristian Alarcón y dirigido por Lorena Vega, se representará en el Teatro Municipal Comedia (Rivadavia 254) el 14 de marzo en dos funciones. La primera es a las 18; la segunda, a las 21.
- Las entradas están disponibles en Ticketek.
Testosterona se basa en los años tempranos de la propia vida de Alarcón, entre sus 6 y 8 años, cuando fue sometido a un tratamiento de hormonas para masculinizarlo, para borrar los rasgos femeninos que su cuerpo insinuaba. Una presentación oficial añade que la obra nace de un trauma infantil y que dialoga con las nuevas nociones de futuro.
Luego precisa que su trama recorre “la historia de la hormona y los tratamientos de conversión, la reflexión sobre las masculinidades contemporáneas y el universo de la botánica”; y que la dramaturgia enlaza el citado relato autobiográfico con la investigación periodística, científica e histórica.
“La escena muta de la conferencia performática, al baile frenético de la noche, el despertar sexual, el compromiso político y los modos en que un varón, que fue obligado a ser heterosexual, se resiste defendiendo su identidad y su deseo”, amplía el respaldo, que por último señala que Testosterona revisa el lugar del trauma y, lejos de la revictimización, propone ese acontecimiento como evento vital.
Testosterona es lo expuesto, además de lo que resultó del encuentro humano y creativo entre Cristian Alarcón y Lorena Vega. El suyo fue un encuentro centellante.
Cristian Alarcón es creador y editor del medio digital Revista Anfibia y ganador del premio Alfaguara por El tercer paraíso (2022), novela tan autobiográfica como Testosterona pero no enfocada sólo en la hormona.
Por su parte, Lorena Vega es actriz, directora, dramaturga y guionista con respetada trayectoria en el teatro independiente porteño, ámbito en el que impactó con Imprenteros, una obra de teatro documental basada en su historia familiar.
Un perfil de Vega, por más breve que pretenda ser, no puede soslayar el impacto popular que consiguió por sus recientes participaciones en las series Envidiosa (donde interpreta a la psicóloga Fernanda Olivera) y En el barro (donde le pone el cuerpo a la “Capanga” La Zurda), y en el filme Mazel Tov (Adrián Suar, 2025).
Ahora bien, ¿cómo se produjo el hechizo entre estos dos agentes creativos e inquietos?
“Lo conocía a Cristian como lectora, tanto de sus novelas como de su medio, Revista Anfibia, pero no personalmente. Conectamos con Imprenteros, una obra autobiográfica que fue mi primer trabajo documental en escena. Cristian la fue a ver y, rápidamente, me invita a formar parte de uno de los proyectos de Revista Anfibia, que era el laboratorio de periodismo performático”, comienza Lorena Vega en un encuentro pactado vía Zoom.
“Era la segunda edición de ese laboratorio, y se correspondía con el título del medio. Era una cuestión anfibia, híbrida, que tocaba los bordes de distintas disciplinas. Ellos ya venían haciendo encuentros y propuestas con esa práctica como disparador, pero vinculando más a partir de la literatura. Y en este caso empezaron a trabajar en otros territorios y me convocan como tutora”, añade la actriz.
Vega suma que trabajó durante algunos años, incluidos los de la pandemia, como tutora junto a Cristian de materiales escénicos que unen periodismo (al estilo de Revista Anfibia; es decir, periodismo literario de investigación o de crónica) con lo escénico. “Trabajamos cuatro proyectos y se estrenaron tres”, precisa.
“Luego vino el trabajo de Testosterona, en el que Cristian decide continuar con esta cuestión del periodismo performático, pero en carne propia. Es decir, seguir investigando pero arriesgando su propio cuerpo. Ahora que lo pienso, este año cumplo una década de trabajar en teatro documental...”, redondea Vega.
“Mi trabajo en este campo se inicia con algo propio (Imprenteros), pero su desarrollo va muy de la mano del trabajo junto a Cristian y a todo el equipo de Revista Anfibia”, completa.
Alarcón, a su turno y desde su cuota de pantalla en el Zoom, asegura que recién ahora empieza a tener conciencia de algunas consecuencias del proceso creativo con Lorena y con el periodismo performático “en carne propia”, tal como ella lo expresa.
“Tiene que ver con la conciencia genealógica de los modos en los que mi cuerpo estuvo implicado en distintos momentos de mi propia producción, aunque yo no haya estado arriba de un escenario”, amplía.
“Entonces, cuando pienso en mí mismo en situaciones en los que puse el cuerpo, recién ahora soy consciente de que lo performático tiene otras implicancias que trascienden el hecho de subirte al escenario y actuar”, sostiene el periodista, escritor y hoy performer.
“Quizás, en Testosterona hubo una búsqueda sumamente inconsciente y no profesional, no atravesada por las herramientas y el oficio del teatro de la escena. Porque siento que llegué hasta acá luego de estar muy implicado corporalmente en la práctica del periodismo; o en todo caso, de un modo muy distinto al de colegas de mi gremio”, desarrolla.
Exceso de riesgo
Cuando se le pide precisiones sobre por qué cree que Testosterona amplía lo que expresaba en sus crónicas de Página 12 primero y de Revista Anfibia después, Alarcón revela cómo se compenetraba con los universos que narraba. “El modo en que me acerqué a las historias que luego convertí en libros o en crónicas, de los ´90 o de los ’00, fue uno en que el cuerpo estaba muy presente”, explica.
“Cuando yo hablaba del vascular de los pibes chorros, del aprender a caminar en los pasillos de las villas del norte del Conurbano, lo hacía sin distancia”, dice.
“A ver. Me cito a mí mismo: una crónica de la que sobreviví fue la del 20 de diciembre del 2001 y que se llamó La batalla de Plaza de Mayo. Salió en Página 12. Ese día luchábamos contra la policía con las remeras mojadas puestas como máscaras y yo me dedicaba a juntar los casquillos de balas que habían ido asesinando a las cinco víctimas que cayeron a lo largo de Avenida de Mayo entre la 9 de Julio y la Plaza”, revela sobre un “croquis” que, dice, él mismo iba inventando, “siguiendo de algún modo el modelo investigativo de Rodolfo Walsh”.
“Así, podía declarar ante Servini de Cubría al día siguiente y tratar de aportar a la causa judicial elementos sobre la masacre que había cometido la policía y el Gobierno de De la Rúa que se estaba desintegrando”, reseña.
Y sigue: “El modo en el que me encontré adentro del mundo del narcotráfico peruano, cuando estalla la masacre de El Señor de los Milagros (Bajo Flores, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2005, cuando sicarios se enfrentaron en una procesión de agradecimiento al santo más venerado de Perú). Era testigo participante, ponía el cuerpo”.
La enumeración de Alarcón suma “la relación afectiva que estableció con las chicas trans en la década del ‘90 en coberturas para Página 12”.
“Mi casa era una especie de refugio de travestis cuando yo estaba en pareja con Flavio Rapisardi que era el vicepresidente de la Cha (Comunidad Homosexual Argentina)”, recuerda a continuación.
“Me excedí en el riesgo habitando la noche porteña, que está muy presente en Testosterona. Sobreviviendo a lo que yo llamo en la obra lugares infectos, sótanos y sitios de sobresalto y peligro. Esa inconsciencia, esa ausencia de miedo… Algo de mí estaba en juego más allá de mi propia subjetividad y se encarnaba”, puntualiza antes de pasar a un paralelismo que pudo funcionar como epifanía.
Alarcón: “En Imprenteros, Lorena tiene una profundidad política lacerante pero expresada desde la sutileza. Cuando reflexiona sobre el trabajo, hace un abordaje extraordinario de la figura del padre canalla. Porque padres canallas abundan; hijos que los puedan contar, no”.
“El hijo del padre canalla queda atrapado y pegado, y le lleva la vida entera separarse –sostiene-. Es una pregnancia que es epitelial y física. No hay en Imprenteros un sufrimiento que nos va a hacer lamentar ese vínculo, no. Por eso lloré, por eso me reí. Y por eso Lorena logra en Testosterona (al dirigirme como actor, al dirigirme como si yo fuera mi amigo Joaquín Furriel), una desimplicancia paradójica”.
¿Desimplicancia paradójica? “Sí, porque al tiempo que estoy allí contando la historia de un niño entre 6 y 8 años al que le inyectan hormonas, estoy con el cuerpo diciendo ‘soy yo’. El estallido de sentido en el periodismo performático (que reconoce su origen en el biodrama, de donde viene Lorena trabajando con Vivi Tellas) se da cuando la narración se politiza de un modo extraordinario”, contesta.
“Por ser gays, lesbianas, no binarios o bisexuales fuimos víctimas de violencias en el cumplimiento de un mandato binario. La pregunta es en torno al mandato y al deber ser. Cómo nos moldeamos a pesar del trauma, de la mirada del otro que quiso obligarnos a ser aquello que no éramos ni queríamos ser”, cierra Alarcón.

