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Las últimas películas del Festival de Cannes 2025

23 de mayo de 2025 a las 07:00 p. m.
Las últimas películas del Festival de Cannes 2025
"The History of Sound", filme con Paul Mescal (Captura de pantalla).

A Kelly Reichardt la dejan siempre para el final. El viernes es el día asignado en cada ocasión que una película suya está en competencia. Es un buen modo de terminar.

Reichardt nunca defrauda. Se dirá que tuvo una ovación de unos 10 minutos, y es cierto, pero las ovaciones se prodigan en Cannes a los que las merecen y a los que no. The Mastermind cosechó muchos aplausos.

Situada en la década de 1970, Josh O’Connor es el protagonista. El ideólogo al que hace referencia el título en inglés es él. ¿De qué? De robar cuatro pinturas de un museo en Massachusetts.

Es un espacio que James conoce de memoria. Ha sido miembro desde su niñez. Los cuadros elegidos, además, tienen relación con una tesis de graduación. Es bueno añadir que James está casado y tiene dos hijos. Trabaja poco, pero parece que no le falta nada.

El robo siempre le ha interesado a Reichardt. Ha hecho otras películas con esa temática. En su obra maestra, First Cow, los cocineros se llevaban la leche sin permiso durante las noches para fabricar las galletitas que eran un furor en el pueblo.

El robo acá tiene una importancia indirecta que se devela más tarde. Sirve desde el inicio para que Reichardt incursione en el humor. Hay situaciones disparatadas en la preparación, la consecución y en las consecuencias del robo al museo.

Desde el inicio, la Guerra de Vietnam es un ruido de fondo que tiñe el relato. Nadie cercano a su familia presta atención al mundo circundante. No es la primera vez que Reichardt sugiere la indiferencia de los artistas respecto a la inmediata vida social.

Era el centro de Showing Up, su película precedente. La relación que establece entre el robo y la guerra es difuso, hasta que llega el desenlace que resignifica el conjunto. El ideólogo tiene una ideología y, en el final, a este hombre que todo lo calcula y nunca deja de pensar para su provecho, se lo ve enteramente desnudo.

Él es muchos, porque O’Connor representa las miserias microscópicas de una clase. O’Connor puede hacer de todo; es un fenómeno.

En The History of Sound, por ejemplo, toca el piano. Acá se la dado una revancha. Representa el lado luminoso de los hombres comunes. En efecto, O’Connor y Paul Mescal son las caras principales de The History of Sound, película que pasó sin pena ni gloria.

Tal vez el apuro, la ansiedad de descubrir alguna obra maestra u otras razones desconocidas hicieron que el desdén o la indiferencia invisibilizaran una película como la de Oliver Hermanus. Pasa como tantas otras, pero a veces ese destino no es del todo justo.

The History of Sound no es ninguna maravilla, y no aprovecha algo que es básico para su propuesta: la relación del sonido con el relato. El abuso de la música le quita respiro.

Pero el film tiene una primera hora extraordinaria que se ciñe a dos jóvenes amantes, ambos músicos, que deciden viajar por distintas geografías de Estados Unidos grabando canciones folclóricas de los campesinos y trabajadores de Estados Unidos, temas musicales que no tienen necesariamente un autor, pero pertenecen a la memoria popular. Esos pasajes son demasiados hermosos para no atesorarlos.

El resto es una historia de amor fallida, con algunos pasajes donde la verdad de los sentimientos se trasluce en un gesto y en un silencio. En los mejores momentos, The History of Sound parece una película de Terence Davies. En los peores, de James Ivory.

Resurrection, de Bi Gan, tiene la ambición que puede rastrearse en sus dos películas precedentes y la destreza formal ya reconocida como parte de su estilo. Desde que estrenó Kaili Blues en Locarno 2015 fue ostensible su dominio del lenguaje cinematográfico.

En esta ocasión, la premisa parece de ciencia ficción, pero la película es una glosa de varios períodos del cine del siglo 20. El pasado del cine se despliega, o la invención del cine como arte de fantasmas que es propio de lo fantástico de la ciencia ficción.

Todo comienza en la época silente del cine y culmina en 1999. Los primeros minutos son cautivantes, dominados por la aparición del fantasma que atraviesa como protagonista la película. La premisa consiste en que en nuestro mundo se ha perdido la habilidad de soñar.

¿Se refiere al mundo de hoy? ¿En el pasado sí se sabía soñar? Una mujer inventa una criatura que puede soñar y de ahí en más se concatenan distintos cuentos breves con el mismo personaje. En un momento, un niño dice que solamente se necesita “tiempo, espacio, un personaje, un estado de ánimo y una motivación”. ¿Es así? A veces sí, a veces no. Los cinco elementos no evolucionan en Resurrection; todo es esbozo, algo que se delinea, pero no llega a ser del todo.

Los hermanos Dardenne hicieron dos películas consecutivas que jamás serán olvidadas: Rosetta y El hijo. Las últimas de los hermanos belgas parecen remedos de sus grandes éxitos. Han perdido rigor, también clarividencia sociológica. Jeunes mères se ciñe a seguir el caso de cuatro chicas que no llegan a los veinte años y son madres o están por serlo.

El relato entrecruzado es equilibrado, las situaciones de cada chica, distintas y las resoluciones en el epílogo son tan verosímiles como calmas. Algo falta.

Más que una película Jeunes mères es un programa ilustrado con un método eficiente. Los personajes no son, representan una tesis. Hace tiempo que los hermanos no conciben un personaje que esté por encima de su sistema.

Llegó el final. Mañana se conocerán los ganadores. Este año no ha habido ninguna de esas películas que el entusiasmo y el deseo llevan a muchos a decir que acá se ha visto una obra maestra. Tal vez hubo alguna en secciones paralelas. Tal vez.