“Somos como un árbitro arriba de un ring”
Mónica no quiere volver más a un aula frente a alumnos. Quedó traumada, con una especie de fobia a la escuela.
Está así desde el día en el que se vio envuelta en una pelea a golpes entre dos estudiantes, lo que le provocó una caída y la quebradura de su muñeca derecha.
Mónica es una de esas profesoras de vocación, una especie de emblema en el secundario público donde dio clases durante mucho tiempo. Le faltan cuatro años para jubilarse y se siente triste por terminar su carrera de este modo. “El año pasado conversábamos con los profes que los chicos estaban difíciles. Algunos planteamos que nos sentíamos desbordados”, cuenta.
Los docentes coincidían en que la droga se había metido de lleno entre los alumnos. Siempre aparecía alguno dormido o excitado. “Somos como un árbitro arriba de un ring, Se ve violencia entre ellos, aunque dicen que están jugando”, explica la profesora.
Según Mónica, a fines de junio de 2013, a las 6 de la tarde, salía de dar clases a un grupo de alumnos del Programa de Terminalidad Educativa (PIT) para chicos de 14 a 17 años, cuando un alumno de sexto año se aproximó a uno de sus estudiantes. “Se miraron con odio, desorbitados. Se empezaron a pegar puñetazos y los profes de taller trataron de separarlos. Cuando me doy vuelta, uno se me cayó encima. Caí desplomada en el piso y me quebré la muñeca derecha”, relata. Comenzó con apoyo psicológico y rehabilitación en el sanatorio Aconcagua, adonde se encontró como muchas docentes en su misma situación.
“Hay accidentes que son producto del juego violento; es mucho más común de lo que se cree”, cuenta. Y agrega: “Se siente una desprotección total. Ahora estoy con terapia, voy a volver con tareas pasivas, pero no quiero. Siento una gran vulnerabilidad”. Y opina que la situación empeora año tras año.
Cree que el ambiente hostil está relacionado también con la falta de contención familiar.
“Va el chico crudo, lo largan en la escuela para que los profes lo saquen más dócil. Algunos no tienen hábitos mínimos”, explica. “Los padres no van a la escuela, se acercan a fin de año a reclamar porque se lleva a rendir la materia”, remarca.

