Preocupa la ingesta de alcohol en fiestas escolares
Dormidos y borrachos, así llegan a los colegios muchos chicos tras los festejos por los egresados de sexto año.
"Llegan a la escuela quebrados, cansados, dormidos, borrachos. Están tirados en los bancos; las chicas, con la pintura corrida. Salen del boliche y van directo a clase", describe G., profesora de un colegio privado de la ciudad de Córdoba, sobre las fiestas de despedida que los alumnos de quinto año hacen a los compañeros de sexto, futuros egresados. El ritual del adiós se ha convertido en una tradición en los últimos años y es una cita ineludible para los adolescentes, que no sólo van a celebrar con los compañeros de su propia escuela, sino que también participan en las fiestas de "colegios amigos".Para organizarlas, los estudiantes que ya han cumplido los 18 se encargan de contratar los servicios en boliches o salones de la ciudad y del interior. Y en las fiestas, obviamente, siempre hay alcohol."Cada celebración termina con algún asistente en coma alcohólico", asegura Juana Presman, médica especialista en adolescentes en función de su experiencia, a pesar de que la mayoría de los chicos que participan es menor de edad.Los alumnos de quinto y sexto invitan también a los de cuarto y tercer años (de 14 y 15 años) porque la idea –además de divertirse– es recaudar fondos.Algunos colegios organizan despedidas durante todo el año, una por mes. Otros concentran las celebraciones en octubre. Lo que no cambia es que siempre son los jueves, porque es el día en que los boliches o los salones tienen disponibilidad. Y que, como corolario, los viernes subsiguientes no suelen ser días fáciles para docentes, preceptores y autoridades escolares.
Hasta cuatro al mes
Como los chicos no sólo van a las fiestas de sus propios colegios sino además a las de otras escuelas, es posible que un estudiante asista a cuatro despedidas en un mes y en todas esas oportunidades llegue dormido o borracho a clase.
Eso pasa porque la mayoría llega casi con el máximo de faltas permitidas al año, pero también porque parte de la diversión es “pasar de largo” y, justamente, ir a la escuela en esas condiciones.
“Todos van sin dormir. Esa es la gracia”, comentó M., una adolescente de 16 años que planea concurrir a tres fiestas de distintos colegios este mes.
“En algunos casos se duermen parados”, relata la expreceptora de un colegio privado, quien advirtió que “es un viejo tema que se está acrecentando a través del tiempo”.
“Lo mismo pasa el primer día de clase”, alerta a su vez P., docente de una escuela privada, sobre otra “moda” adolescente en expansión. “Los chicos de sexto pasan la noche y van directo a la escuela, alcoholizados. Lo peor es que, a veces, los padres van a filmarlos o a sacarles fotos en la puerta”, se lamenta.
Y, a veces, el consumo de alcohol no empieza en el boliche sino antes: un alumno de un reconocido establecimiento contó a este diario que su curso alquiló dos salones para la despedida de sexto año: uno, para realizar la previa, y otro, para la despedida en sí misma.
“Nunca falta alguno que termina vomitando en el baño”, admite un egresado, quien reconoció que esas situaciones en general son tapadas por los chicos y no llegan al conocimiento de los preceptores ni de los directivos.
Días de furia
“A algunos no les quedan faltas a esta altura del año y, en otros casos, los padres no quieren que falten”, dice la directora de una escuela. Y agrega: “La cuestión es ir ‘muerto’ y, en ese estado, contestan de manera agresiva”.
“Como no han dormido, han tomado y vienen directo a la escuela, están exaltados y con el rendimiento reducido a la mitad. Así no se puede llevar adelante una clase con normalidad y se dificulta mucho la tarea del docente”, confirman en otro colegio privado, al que concurren alrededor de 900 estudiantes secundarios.
“En este tema se ven involucrados unos 300 alumnos entre los distintos cursos y secciones”, precisan sobre la dimensión que cobra el problema.
Allí optaron por advertir de antemano y por nota a los padres que los alumnos alcoholizados no ingresarán al establecimiento los viernes. Y si los adultos no chequean el estado de sus hijos al ingresar al colegio, los llaman por teléfono para que los lleven a la casa.
“En los últimos años hemos decidido que los que tengan olor a alcohol no ingresan al curso”, destaca a su vez una directora de otra institución.
En esa línea, varias escuelas han dispuesto mantener en un aula separada o en el patio a quienes estén borrachos, hasta que los padres los retiran del colegio. Porque si ingresan al aula, se duermen sobre el escritorio.
Al margen de las posturas puntuales que asumen las instituciones cuando los chicos llegan en ese estado, la realidad es que hay cada vez mayor preocupación en los colegios, que en algunos casos organizan charlas para padres para evitar estos episodios. “Es absoluta la naturalización del consumo del alcohol”, plantea J., otra profesora.
Padres que no ponen límites
Pero otro tema no menor es el rol que juegan los padres, según advierten docentes y especialistas, que no ponen límites.
“El problema está en los padres que les permiten ir en esas condiciones y que los apañan”, señalan en una institución. “En una ocasión no permitimos entrar al aula a los alumnos alcoholizados y los dejamos en la galería, y un grupo de padres mandó una carta en la que decía que la escuela tenía que ser inclusiva. Es increíble”, comenta la mamá de un alumno de sexto año.
En una escuela privada de la zona norte señalaron que notan “mucha ausencia de los padres, ya sea por sobreocupación laboral, por desentendimiento y en algunos casos también por desidia”.
“Son hijos huérfanos con padres vivos”, grafican.
Presman indicó, a su turno, que en su consultorio en los últimos meses se multiplicaron los padres que preguntan qué hacer porque sus hijos adolescentes no les hacen caso.
“Hacen lo que quieren, se sienten con derechos adquiridos y no soportan que les digan que no”, señala.
Y advierte que cuando la autoridad paterna se pone en cuestión “tambalea la relación, es como una casa sin cimientos”.

