Obligados a pensar qué estamos haciendo mal
Se paga hasta $ 900 por trabajos escolares.
Si un número considerable de adolescentes no tiene un manejo fluido del lenguaje, no maneja estrategias, no sabe plantear hipótesis ni argumentar y no comprende lo que lee (como aseguran muchos docentes y lo demuestran las pruebas de evaluación nacionales e internacionales), difícilmente pueda analizar una novela del ruso Fiodor Dostoievski o escribir un ensayo sobre La metamorfosis , de Franz Kafka, como piden algunos profesores de Lengua en las escuelas secundarias.
La anterior es una lamentable verdad de Perogrullo, que obliga a pensar qué estamos haciendo mal. Hay, al menos, tres cuestiones llamativas.
Una. Debería resultar inadmisible que un alumno de quinto o sexto año del secundario y eventual aspirante universitario sea incapaz de entender un texto de mediana complejidad. ¿Fallan las estrategias de enseñanza? ¿Los chicos y los docentes están desmotivados? ¿La lectura se convirtió en un hábito anacrónico entre los jóvenes del siglo 21?
Dos. Parece igualmente inaceptable que padres y alumnos, en complicidad, busquen la manera más fácil de zafar de sus responsabilidades y, de algún modo, hipotequen su futuro. La práctica de contratar escribas de trabajos prácticos eventuales, y de maestros que obran como una especie de testaferros que, en las sombras, realizan todas las actividades obligatorias para que el alumno apruebe la tercera materia previa, ¿es una estafa o una práctica inmoral? ¿O hay un desprecio o subvaloración del conocimiento?
Tres. La escuela, en ocasiones, evalúa lo que no enseña. Lo hace cada vez que solicita trabajos que no se condicen con las herramientas enseñadas/aprendidas, o cuando se desentiende de las habilidades adquiridas por sus alumnos. Así, la institución escolar se convierte en una especie de entelequia que, de algún modo, "obliga" a quienes tienen dinero a contratar a una "escuela paralela", conformada por un ejército de maestros particulares, que crece cada año. Y, a quienes se encuentran en la base de la pirámide social, a convertirse en equilibristas en un sistema al que le cuesta retener a sus alumnos hasta el final de sus estudios secundarios.

