Cumple 100 años la escuela que también es hogar
El Ipet 48 Presidente Roca es el único en la Capital que mantiene su albergue. Ofrece cama y comida a 31 chicos de barrios periféricos y de localidades del interior.
Nació como escuela y hogar para niños desvalidos y jóvenes carentes de recursos en medio de un pulmón natural de la ciudad de Córdoba.
Carga con el nombre de un presidente polémico, guarda en sus recuerdos a alumnos ilustres y a otros que ganaron premios y reconocimientos. Además, cumple 100 años el próximo 1° de mayo, con celebración anticipada el miércoles 30, a las 10, en la escuela.
Así podría resumirse en pocas líneas la rica historia del Ipet 48 Presidente Roca, que se levanta en un predio de siete hectáreas en el Parque Sarmiento, frente a Tribunales Federales y a pocos pasos de la Ciudad de las Artes. Pero, claro, es mucho más que eso.
La historia centenaria nace durante la gobernación de Ramón J. Cárcano, quien fundó la Escuela de Artes y Oficios, que abrió sus puertas el 1° de mayo de 1914, con 76 alumnos del Asilo de Niños Desvalidos. Ofrecía talleres de sastrería, mecánica y carpintería.
Pocos meses después se la designaría con el nombre Presidente Roca, en homenaje al general Julio Argentino Roca.
La escuela adquirió la categoría de escuela de enseñanza media en 1957, y en 1969 pasó a llamarse Instituto Provincial de Educación Técnica N° 1. Luego, la reforma educativa del año 95 la convirtió en el Ipem 48 y desde 2004 recuperó su condición de escuela técnica.
Albergue
El director Héctor Ledesma cree que los vaivenes del país y las decisiones políticas de la última centuria no afectaron el espíritu fundacional de brindar oportunidades a los alumnos que elegían la escuela para formarse y, también, para vivir.
A la escuela asisten alumnos de más de 60 escuelas primarias de la ciudad de Córdoba y alrededores. Ofrece cinco especialidades (automotores, construcción, electricidad, electrónica y mecánica) al millar de estudiantes; la mayoría, varones (85 por ciento).
La Presidente Roca es la única escuela de la ciudad de Córdoba que mantiene su condición de escuela-albergue (el resto se ubica en zonas rurales).
En sus inicios estuvo abierta a los huérfanos; luego, a los estudiantes del interior de la provincia que no podían acceder a una escuela técnica. Aún hoy, el hogar estudiantil –que lleva el nombre Agustín Tosco, quien fuera uno de sus estudiantes más ilustres– da cobijo, comida y educación a 31 adolescentes que llegan, en algunos casos, de localidades cercanas o alejadas y, en muchos otros, de barrios de la periferia capitalina. Son apenas un puñado entre los mil matriculados.
El albergue funciona en el primer piso de uno de los edificios, al costado del pabellón central, en medio de una frondosa arboleda, y a metros de la casa donde vive Ledesma y su esposa, la vicedirectora del Ipet.
Es un gigantesco salón con capacidad para 120 personas, luminoso, antiguo y con el aspecto de los internados que se recrean en las películas.
Hay camas, un metegol, algunas computadoras y una foto de Tosco, el dirigente sindical de Luz y Fuerza, y uno de los principales actores del Cordobazo, que estudió y vivió en el internado, entre 1944 y 1947.
Una segunda casa
Los chicos del hogar aseguran que a los amigos de afuera les cuesta imaginar cómo es la vida en un internado. Cuentan que les preguntan cosas graciosas: si se bañan todos juntos, si los preceptores son bravos o si hay broncas entre ellos.
Los preceptores prefieren no hablar de “internado” sino de hogar, un espacio de abrigo y de contención social a pibes que llegan de barrios alejados, pero también de localidades del interior y hasta hay un chico de San Guillermo, en Santa Fe.
Sus familias viven en Malvinas Argentinas, Villa Los llanos, Estancia Vieja, Alta Gracia, Unquillo, Río Ceballos, barrio Yofre Norte y barrio San Martín. Allí regresan los fines de semana.
Los lunes vuelven a la rutina escolar hasta los viernes, que se van a casa. Los miércoles son los días de visita.
Las mamás suelen llegar con cosas ricas porque saben que sus hijos extrañan la comida. Los chicos aseguran que la del Paicor es “muy fea” y dan detalles sobre el arroz pasado o los guisos indescifrables.
“Elegí este colegio por la especialidad técnica y por tener hogar estudiantil. Entré a principios de marzo. Me dijeron que era una buena escuela, y Santa Fe me quedaba más lejos. Un primo de mi mamá vino acá”, explica Agusto Gasone, de San Guillermo.
Augusto, que cursa cuarto año A de la especialidad Automotores, se adaptó rápidamente. A los más chiquitos les cuesta más.
Lisandro López, de Quilino, también cursa Automotores. Quiere ser técnico. Asegura que la escuela es “una segunda casa” y que se llevan bien.
En tanto, Lucas Lapetina, de Alta Gracia, buscaba un colegio técnico. Se había quedado de año y lo mandaron al Roca. “Mi padrastro vino acá”, cuenta el alumno de 4° año de la especialidad Construcciones.
Para el director Ledesma el mayor desafío es sostener a los chicos del Ciclo Básico (de primero a tercer año).
“Hay muchos chicos carentes de afecto. La escuela técnica les da mucho, la capacidad de pensar, de razonar. De aquí han salido técnicos para las grandes empresas y para el mundo”, subraya.

