Vergüenza institucional
La prepotencia de Guillermo Moreno, quien pretendía que las consultoras independientes declararan falsos datos sobre la inflación, es una muestra más de un abuso institucionalizado.
De todo se vuelve, menos del ridículo. Paradójicamente, la sentencia que acuñó el ícono máximo del Parnaso peronista parece no aplicar a muchos de los actuales militantes del más anciano de los populismos latinoamericanos. Por caso, basta revisar en forma somera lo actuado por el secretario de Comercio Interior de la Nación, Guillermo Moreno, en los últimos dos años: una sucesión de dislates en los que abundan los errores garrafales, una soberbia ignorancia y una cuota para nada desdeñable de megalomanía.
Si hubiera que buscar un caso testigo que permita rastrear la “impronta Moreno” en la Argentina reciente, la embestida del poderoso secretario contra las consultoras independientes que miden la inflación adquiere ribetes paradigmáticos: el cuestionamiento de sus datos, primero; las amenazas, luego; las sanciones, después, y la prohibición de difundir datos, al final. Casi una metáfora del mal hacer en la política y sus alrededores.
Puesto a superarse –y todo indica que está en capacidad de hacerlo, como demostró el jueves con sus agravios públicos a periodistas, en un acto diplomático–, Moreno ha llegado a ordenarles a esos díscolos consultores que se desdigan públicamente de sus datos. Es decir, que mientan para convalidar otra mentira, la del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec). Sería ridículo y sólo eso, si el asunto no remitiera a otras imágenes clásicas instaladas por regímenes autoritarios y a cuya luz las sistemáticas cargas del secretario contra el sentido común dejan de causar gracia y provocan una mueca de profundo desagrado moral.
El verso de Joan Manuel Serrat “nunca es dura la verdad, lo que no tiene es remedio”, bien podría aplicarse aquí. El empeño en negar lo evidente y la cruzada que desde el atril presidencial se materializa al ritmo de dos discursos por semana más una catarata continua de tuits casi no dejan lugar para la duda.
Ya no se trata de modificar la realidad, fin primero y último de toda acción política, sino de construirla en el plano celeste, condenando a los fuegos del averno a quienes osen mirar otros detalles del paisaje negado.
Pero sería injusto cargar las tintas sobre la personalidad del secretario de Comercio, casi como mirar el dedo que señala al sol. Este no es sino el factótum de una manera de entender la política, el rostro visible de un sistema que lo supera. Sin embargo, para no sumar al desaliento generalizado, debería destacarse que por estos días la Justicia le ha recordado al funcionario que también se encuentra al alcance de la ley, al encausarlo por su atropello a las consultoras.
El dato, quizá pequeño, suma lo suyo y ayuda a suponer, al menos, que no todo está perdido en la Argentina real. Aunque sobrevengan nuevas negaciones.

