Una necesidad de nuestro tiempo
La discusión sobre la ley de matrimonio homosexual debe alejarse de los calificativos altisonantes y de la disputa política y centrarse en mejorar la calidad de la legislación, para todos los ciudadanos.
En medio de un clima enrarecido por fuertes cruces verbales y descalificaciones, que parecen una marca registrada de los tiempos políticos que vive el país, el Senado de la Nación se apresta a debatir la denominada "ley de matrimonio gay", que ya tiene media sanción de la Cámara de Diputados.
Se trata de un tema sensible y delicado, en el que las conquistas de derechos y las luchas contra políticas discriminatorias avanzan mucho más rápido que la superación de los prejuicios con que se suelen o se solían abordar estos asuntos.
El tono apocalíptico ha dominado la discusión. Mientras la Iglesia Católica, en defensa de la familia tradicional, habla de "proyecto del demonio" contra el que hay que desatar una "guerra de Dios", la Presidenta, desde China, sostuvo que el discurso de la Iglesia nos retrotrae "a la época de las Cruzadas".
La cuestión tampoco escapó a la necia pulseada en la que se enfrascan oficialismo y oposición ante cualquier iniciativa, como si, más que el fondo, importara el rédito político.
Semejante entorno no le hace nada bien a la racionalidad y profundidad que tendrían que caracterizar al tratamiento de una ley que debería regular con sensatez las situaciones que se les presentan a diario a quienes optan por la homosexualidad. No se trata de promover el matrimonio entre personas del mismo sexo ni de atentar contra la familia católica, sino del reconocimiento social, cultural y jurídico de una realidad.
Las parejas homosexuales afrontan en la Argentina odiosas discriminaciones en materia de herencia y asistencia social, derechos hoy no reconocidos en nuestro país y hacia los que tiende la legislación universal.
Uno de los puntos más urticantes es el de la adopción de niños, que es la gran diferencia entre el proyecto aprobado en Diputados y el de unión civil que presentará la oposición en el Senado y que no incluye el derecho a la adopción.
En este punto, el debate debería ser amplio y descarnado. Las leyes de adopción en Argentina son burocráticas y suelen propiciar la búsqueda de caminos extralegales por parte de parejas heterosexuales que no pueden tener hijos. No estaría nada mal que, elevando la mira, se aprovechara la ocasión para sentar bases generales de la adopción, válidas para todos, sin trampas y sin discriminaciones hacia nadie. Porque también se corre el riesgo de que, en éste y otros temas, por adecuar la legislación en beneficio de la comunidad homosexual injustamente marginada, se termine discriminando a las parejas heterosexuales, regidas por una legislación más antigua y muchas veces no adaptada a la realidad.
Lo fundamental, la cuestión que pone en juego derechos humanos universales, es el reconocimiento social, cultural y jurídico de la convivencia de personas del mismo sexo, en igualdad de condiciones con las de distinto sexo.

