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Un intocable suprapoder

El fracaso de la última reunión del G20 alimentario revela la impotencia de los gobiernos para acometer frontalmente contra el enorme poder especulativo de las finanzas globalizadas.

29 de junio de 2011 a las 12:01 a. m.
Un intocable suprapoder

El 12 de abril de 2008, Jacques Diouf, director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, según sus siglas en inglés), advirtió que el encarecimiento constante de los precios de los alimentos aumentaba las tensiones sociales en los países de menores ingresos. La dramática advertencia se perdió en el silencio, aunque los gobiernos de la Unión Europea (UE) y los Estados Unidos comenzaban a preocuparse por el deslizamiento del mundo hacia una gran catástrofe económico-financiera: el estallido de la burbuja inmobiliaria. Sobrevino el gigantesco descalabro, que destruyó más de 40 millones de puestos de trabajo, obligó a la mayoría de los gobiernos a destinar billones de dólares y euros para evitar la quiebra de sus sistemas financieros, aplicar drásticas medidas para desacelerar el consumo, contener la inflación y detener el irresponsable endeudamiento soberano y privado, favorecido por la marejada de cuatro billones de dólares aplicados a inversiones financieras depredadoras. La crisis no ha pasado y hay temor de que se recicle, a partir de la debilidad fiscal y de deuda de varios países europeos. En realidad, lo peor de la crisis sólo cambió de escenario: el ladrillo fue reemplazado ahora por cereales, oleaginosas y fibras como objetivos de brutales especulaciones. Si en 2008 las perspectivas eran inquietantes, tres años después no hay poder político mundial o regional que les ponga límites. Aunque bancos, financieras y calificadoras de riesgos fueron causantes de la crisis, no recibieron sanción alguna. Por lo contrario, los gobiernos debieron mutilar sus presupuestos de asistencia social y rendirse ante el poder financiero globalizado.El desconcierto, las contradicciones y las impotencias gubernamentales les impiden formar un frente común para resistir los embates de ese poder supranacional. Lo demostró la reunión del Grupo de los 20 (G-20) países más desarrollados en producción alimentaria, que días atrás cerró sus sesiones en París sin acuerdo. Las organizaciones no gubernamentales (ONG) reclamaron en vano medidas contra el acaparamiento de tierras cultivables por las multinacionales, las sórdidas especulaciones que agravan el hambre en áreas endémicas, como el África subsahariana, China y regiones de América latina, y el crecimiento de la producción de biocombustibles. Las exigencias de luchar contra la especulación en alimentos no fueron escuchadas. Lo único rescatable fue la designación del brasileño José Graziano da Silva como director general de la FAO, aunque sus primeras declaraciones, honestamente realistas, no dejan margen para el optimismo inmediato. Mientras no se alcance una situación financiera más estable, los precios se verán impactados. Ese incontrolable suprapoder seguirá dictando las reglas del juego, aunque crezcan las rebeliones populares.