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Sin discusión

La negativa del Gobierno nacional a discutir el mínimo no imponible del Impuesto a las Ganancias revela la decisión de que sean los trabajadores quienes paguen los errores de la gestión.

20 de mayo de 2014 a las 12:01 a. m.
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No son tiempos de buenos modales. No en la Argentina. La orden del diputado nacional Julián Domínguez a una de sus pares para que no diera cuórum a quienes pretendían debatir el mínimo no imponible del Impuesto a las Ganancias lo explicitó de modo simple y concreto: "Rajá de acá". No es, por cierto, una frase para lucirse en la Cámara de los Comunes, pero alcanza para situar a su autor entre los comunes que no lucen.Claro que no desentona el jefe de la bancada oficialista entre el fárrago de argumentos de distinto calibre con que funcionarios diversos han tratado de explicar por qué no puede actualizarse la escala del impuesto.El rol de ministro de Economía conlleva la pesada carga de justificar lo injustificable y Axel Kicillof no ha sido la excepción. El funcionario explicó que ajustar los mínimos implicaría no poder actualizar las jubilaciones, una verdad aparente fundada en dos falacias.La primera, que las jubilaciones se estén actualizando, afirmación que ignora el deterioro creciente que la inflación produce en los magros ingresos de varios millones de jubilados.La segunda, que los fondos con los que la Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses) debía resguardar la tranquilidad de nuestros pasivos fueron oportunamente desviados hacia la fiesta del despilfarro más fenomenal que la Argentina recuerde.Desesperados por hacer caja y escasos de recursos para continuar financiándose, los responsables de los destinos de la Nación saben que no resta sino apelar a esta última ratio : que los trabajadores hagan su aporte solidario para pagar la irresponsabilidad de otros. Ni siquiera vale la pena recitar el más elemental catecismo, como que el salario no es ganancia y ninguna teoría impositiva deja de reconocerle su directa afectación a la supervivencia de las personas.Pero los argentinos vienen pagando desde hace mucho el pesado tributo de la inflación, el impuesto más voraz, y pretender que sobre los restos de sus salarios se pague impuesto alguno recuerda, malamente, a las pesadas gabelas feudales que los siervos debían aportar, aun a costa de su sustento. Y difícilmente nos quede, modernos siervos, la satisfacción de haber contribuido al engrandecimiento del país. Es que la grandeza brilla por su dilatada ausencia.Años ha, describiendo los problemas que le había tocado vivir, Albert Camus –un autor francés que ya casi nadie lee– acuñó la expresión "el tiempo del desprecio". Nunca más exacta, la frase podría ser aplicada a la década ganada, a lo largo de la cual el conjunto de la sociedad argentina ha sido conducido a sacrificios diversos en nombre de abstrusos objetivos superiores. Que los trabajadores deban seguir pagando impuestos sobre sus salarios no es sino otra forma de ese desprecio.