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Pueblos maltratados

El reciente homenaje de la Presidenta a los pueblos originarios del continente no se condice con los gestos de desatención a los reclamos de los descendientes de indígenas en la Argentina.

20 de abril de 2014 a las 12:01 a. m.
Pueblos maltratados

Aunque pasó casi inadvertido entre las múltiples intervenciones públicas de la presidenta Cristina Fernández, merece una especial reflexión el reciente homenaje que esta les tributó a los pueblos originarios del continente, mediante la imposición de ese nombre a una de las salas de la Casa de Gobierno, que antes se denominaba Cristóbal Colón.

En primer lugar, Cristina Fernández ha asumido una campaña personal para enviar al destierro todo lo referente al navegante genovés.

La jefa del Estado se sumió en esa tarea luego de que Hugo Chávez, en vida el hombre fuerte de Venezuela y líder regional, le advirtiera que Cristóbal Colón simbolizaba a los conquistadores españoles que sometieron y humillaron a los habitantes originarios de estas tierras.

Es cierta esa caracterización, pero se trata de un enfoque parcial, ya que luego de esa etapa se produjo una simbiosis de culturas que permitió construir este presente, con aciertos y errores, como sucedió en todas las civilizaciones.

Tras el paso de los conquistadores, entre quienes hubo figuras nobles y aborrecibles, se desarrolló una historia de más de 200 años, en la que los habitantes de estas tierras cometieron las mismas tropelías, incluso peores, contra las reservas indígenas que aún permanecían en los territorios liberados del yugo hispano.

La tozudez presidencial contra la figura de Cristóbal Colón alcanza límites increíbles, como el de haber desmontado el monumento instalado detrás de la Casa de Gobierno en la ciudad de Buenos Aires. La estatua se hallaba ubicada en un sitio histórico y simbolizaba el homenaje del pueblo y del gobierno italiano a la Argentina.

El monumento está colocado en el piso y roto, por lo que es una manifestación de desprecio hacia ese pueblo y la evidencia de una revisión tendenciosa de la historia latinoamericana.

Por lo demás, los descendientes de los pueblos originarios de la Argentina están recluidos en pequeñas comunidades, que son hostigadas y perseguidas por los gobiernos de turno, como sucede en Formosa y Chaco.

Esas comunidades llevaron incluso sus reclamos a la Plaza de Mayo, desde donde fueron expulsadas por fuerzas afines al kirchnerismo y reinstaladas en su ostracismo interior.

Hoy, en la Argentina, como en buena parte de Latinoamérica, hay pueblos maltratados que merecen más que una placa y una sala oficial que los recuerde. Sus condiciones de vida son paupérrimas y están aislados, sumidos en la pobreza ante la indiferencia oficial, cuando no bajo la represión de las policías de los gobiernos formoseño y chaqueño, ante la pasividad de la Presidenta.

El aplauso y los gritos de la militancia partidaria forman parte de un escenario montado sobre la superficialidad, el análisis sesgado y malintencionado. La historia de los habitantes de la Argentina no merece semejante maltrato.