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Palabras sin diplomacia

Las primeras acciones y reacciones del canciller Héctor Timerman prolongan la tradición de incoherencia de nuestra diplomacia.

03 de julio de 2010 a las 12:01 a. m.
Palabras sin diplomacia

Todos los seres humanos tienen derecho a equivocarse, siempre que se equivoquen de buena fe. Todos tienen derecho a volver sobre sus pasos y reemprender un nuevo rumbo, siempre que sea en busca de un mejor espacio para servir a la sociedad.

En la cultura política anglosajona, no es condenable un cambio de opinión. Por caso, Winston Churchill, paradigma del dirigente conservador, tuvo un pasaje de una década por el Partido Liberal antes de retornar a su partido. En la política estadounidense, son frecuentes los cambios de posición, aun dentro de un mismo partido.

En el ámbito nacional, los cambios de frente suelen ser imprevisibles y sólo comprensibles en función de intereses personales, no de la búsqueda de nuevos espacios para mejor servir a los intereses del país.

La trayectoria del flamante canciller Héctor Timerman es pródiga en cambios de frentes, algunos de ellos totalmente incomprensibles. Ahora, con el fervor del recién converso, se coloca en la vanguardia del kirchnerismo e incurre en errores que en un país serio ya le hubiese valido su inmediato relevo.

El aparato propagandístico gubernamental ha tratado, en vano, de transformar un cruce de opiniones entre la presidenta Cristina Fernández y el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, en una especie de duelo de titanes, virtualmente ignorado por la prensa de la casi totalidad de los países miembros del Grupo de los 20 (G-20). Timerman se hizo cargo de la tarea de tratar de reencender los fuegos de esa pequeña hoguera, pero es harto difícil que Sarkozy le preste alguna atención.

Se dedicó de inmediato al frente interno, sobre todo tratando de acallar mediante amenazas tácitas o expresas al ex embajador en Venezuela Eduardo Sadous, quien denunció manejos corruptos en el comercio con el régimen de Hugo Chávez, cuyos detalles expuso ante la Justicia y en la Cámara de Diputados de la Nación. El canciller se incorporó al debate sobre si las declaraciones de Sadous en el Congreso pueden ser difundidas, tarea que habitualmente se reserva el jefe del Gabinete de Ministros, Aníbal Fernández.

Es casi una tradición que la Argentina carezca de una política internacional coherente, cuyas líneas maestras estén por encima de los cambios de gobiernos y de hombres, como es el caso del Palacio de Itamaraty, que cobija a la diplomacia brasileña, el mejor ejemplo que puede obtenerse en toda América latina.

La llegada de Timerman al Palacio San Martín no permite esperar, de momento, que se produzca una reversión de nuestra tendencia a la incoherencia diplomática.

El flamante canciller debe recordar, además, que la diplomacia demanda años de gestiones y palabras mesuradas. Una sola expresión fuera de lugar puede hacer añicos, rápidamente, las relaciones diplomáticas entre países.