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El liderazgo no se hereda

A pocos meses de la muerte de Hugo Chávez, la situación política de Venezuela confirma una vez más el principio de que los líderes fuertes siempre dejan países débiles.

24 de mayo de 2013 a las 12:01 a. m.
El liderazgo no se hereda

No fue necesario mucho tiempo para comprobarlo: la ausencia de Hugo Chávez es simétricamente proporcional a lo que fue su presencia en la escena sudamericana. Hoy lo están entendiendo incluso sus herederos, empeñados en disputar una sucesión para la que ninguno parece tener pergaminos suficientes. Agobiada por las fisuras que el modelo impuesto por el extinto comandante ya no puede maquillar, Venezuela se pregunta hoy cuánto tardarán en emerger en público las diferencias entre el presidente Nicolás Maduro y el no menos poderoso Diosdado Cabello, esas que se susurran y ya circulan como trascendidos. Si hace falta un signo de debilidad, está a la vista: un gobierno que tiene que salir a negar esas especies y las adjudica a una oposición destituyente y denuncia complots del servicio de inteligencia de los Estados Unidos no parece transitar su momento más feliz.Hugo Chávez dejó este mundo sin llegar a ver más que los atisbos de ese modelo articulado sobre los precios altos del petróleo y un fuerte intervencionismo estatal, con un saldo de ineficiencia acrecentada por la improvisación y el voluntarismo y escasa o nula capacidad productiva. Nada más fácil, ante este cuadro, que imaginar el futuro del modelo argentino, signado por no pocas peligrosas similitudes.El meollo del asunto ha sido y seguirá siendo, sin duda, la matriz de un populismo en el que se consume sin orden ni concierto lo que nadie ha producido, porque antes nadie ha invertido.Sería necio negar lo que el chavismo ha implicado para un país atormentado por insoportables diferencias de clase, con una pobreza endémica. Para muchos, implicó el acceso a lo más elemental, negado por décadas por una clase dirigente de increíble ceguera. Pero, sin proyecto, esa endeble arquitectura no soporta la prueba del tiempo. Hasta podría resultar anecdótico que el gobierno deba justificar la falta de papel higiénico, si ello no fuera el síntoma de males mayores.La debilidad de un Maduro que debió imponer su figura a partir de escaso carisma e indemostradas capacidades quedó claramente fotografiada al ratificar, como primera medida de gobierno, la alianza con Cuba, sostenida con base en petróleo que los Castro nunca abonarán. Pero, esta vez, el necesitado era el nuevo presidente, obligado a buscar afuera una legitimidad cuestionada adentro. Su triunfo frente a una oposición que probablemente ganó la compulsa electoral por escaso margen lo ha erosionado un poco más.Así las cosas, el árbitro de la disputa por los despojos del chavismo sigue siendo el ejército, al que le tocará decidir en el futuro el rumbo y sus conductores; o sea que otra vez las fuerzas armadas supervisarán una democracia endeble, con instituciones no menos frágiles. Es historia antigua y conocida, y sirve para ratificar que los líderes fuertes siempre dejan países débiles.