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La perpetuidad en cargos sindicales

La irresistible tentación por mantenerse en los cargos por parte de los dirigentes sindicales no es sana para la convivencia democrática en los gremios y proyecta una imagen negativa hacia la sociedad.

19 de octubre de 2014 a las 12:01 a. m.
La perpetuidad en cargos sindicales

El reciente triunfo del dirigente Rubén Daniele en las elecciones de autoridades del Sindicato Unión Obreros y Empleados Municipales (Suoem) de la ciudad de Córdoba ha revitalizado el debate sobre los eternos liderazgos que se verifican en muchas organizaciones gremiales del país.

Esos comicios determinaron que Daniele inicie en breve su undécimo mandato consecutivo al frente del Suoem, lo cual lo llevará a redondear nada menos que 33 años ininterrumpidos en el puesto.

En rigor, es una suerte de cacique soberano al que nadie le puede discutir el poder en el agrupamiento que nuclea a los miles de agentes municipales. Vale apuntarlo: un poder que ha minado el margen de acción y negociación de los propios intendentes con los que le tocó lidiar, incluida, de hecho, la actual administración.

Sin embargo, la breve reseña sobre la extendida trayectoria de Daniele sirve para señalar otros casos que involucran a la mayoría de los jefes sindicales de la Argentina. Y, también, para reflexionar si esta costumbre de perpetuidad no conspira contra la necesaria alternancia en los cargos públicos (no sólo sindicales).

Es necesario remontarse a los albores de la presidencia de Raúl Alfonsín, en la década de 1980, para poner en evidencia el colosal poder de fuego que han tenido muchos sindicalistas frente a la más mínima iniciativa oficial que dejara en riesgo su autoridad y sus jugosos privilegios.

La llamada “ley Mucci” –que tomó ese nombre por el entonces ministro de Trabajo de Alfonsín, Antonio Mucci– contemplaba interesantes modificaciones al sistema sindical argentino, en la idea de adecuarlo a la naciente democracia, tras los años de oscurantismo de la dictadura.

El ordenamiento enviado al Congreso de la Nación fijaba, entre otras innovaciones, que el mandato de los secretarios generales de los gremios duraría tres años, con la posibilidad de una sola reelección inmediata. Lo demás es historia conocida: la corporación sindical tumbó el proyecto y Mucci tuvo que renunciar al cargo el 24 de mayo de 1984.

Hay sobrados ejemplos de dirigentes que se eternizaron en las conducciones de sus gremios y que, incluso, ejercieron sus cargos hasta el día de su muerte, como los viejos caudillos Lorenzo Miguel (metalúrgico) y Oscar Lescano (Luz y Fuerza).

Otra muestra de falta de alternancia pone en foco al jefe de los mercantiles, Armando Cavalieri, quien gestiona el gremio desde 1988 y es criticado por su apego a la desmesura de los lujos y ostentaciones públicas.

En cierto que el veredicto de las urnas es inapelable, pero la irresistible tentación por perpetuarse en los cargos no es sana para la convivencia y la necesaria renovación de cuadros que deben regir la vida normal de los sindicatos.