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Hermanos que sufren

Los problemas de Venezuela trascienden el ámbito político, son humanitarios, lo cual exige una acción más decidida y solidaria de los países del continente americano.

04 de junio de 2016 a las 12:01 a. m.
Hermanos que sufren

No deja de ser auspicioso que la cuestión de Venezuela haya llegado a una Organización de Estados Americanos (OEA) largamente ausente de este y otros asuntos regionales. Mérito atribuible al tenor que el excanciller uruguayo y actual presidente del organismo, Luis Almagro, quiere imprimirle a su gestión. El desmadre venezolano ha llegado tan lejos como para que hace unos días un grupo de expresidentes intentara una mediación, ante la falta manifiesta de otros gestores.Pero la crisis venezolana no se limita a lo político, de por sí preocupante, o a aspectos institucionales. El drama pasa hoy por un meridiano acuciante, como lo es la cuestión humanitaria, asunto este que debería implicar una acción más decidida y un compromiso mayor de todos.Ya no se trata de un gobierno caricaturesco, sino de las consecuencias prácticas de una administración que se ha empeñado por años en dispararse a los pies, sumida en el costo de sostener un discurso que oscila entre la utopía y la esquizofrenia.Los hechos saltan a la vista: en una sociedad que fue siempre tan despareja como injusta, los ciudadanos no acceden hoy ni a lo más elemental: el faltante de papel higiénico puede ser una anécdota, pero no la desaparición de la harina de maíz. Las empresas que no producen por falta de insumos o un Estado que funciona sólo tres días a la semana, y escuelas que cierran los viernes para economizar energía.Y no representa gran ayuda un gobierno empecinado en un discurso aislacionista, confrontativo e impotente, que parece solazarse en la sacralización de su ineficiencia.Que la OEA salga de su letargo es digno de mención, aun cuando la carta jugada por su titular –aplicar el artículo 20 de la Carta Democrática– se haya visto frustrada por la voluntad de una mayoría que prefirió la prudencia de un llamado a la conciliación y a la buena voluntad de las partes.Sin embargo, el rol de Argentina en este intríngulis no deja de ser extraño: el presidente alterno –el argentino Juan José Arcuri– no permitió que el jefe de gabinete, Gonzalo Concke, les hablara a los asambleístas. Y el mismo gobierno de Mauricio Macri parece haber mutado su postura original de aplicar mayor presión sobre el gobierno de Nicolás Maduro.Sería oportuno que nuestro país no supeditara sus posiciones en asuntos tan delicados como este a las necesidades de sostener la candidatura de la canciller Susana Malcorra para la Secretaría General de la ONU, en el afán de sumar la mayor cantidad de votos posibles. Y que unos y otros no cayeran en la ingenuidad de suponer que Nicolás Maduro se transformará en un individuo razonable de un día para otro. A menos que se crea en milagros.