El futuro incierto de Libia
Lejos de poner fin a las penurias de Libia, el reciente magnicidio de Muamar Kadhafi abre una era incierta e imprevisible para ese país, para su región y para el mundo.
El magnicidio del presidente de Libia, Muamar Kadhafi, bombardeado por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan), capturado con vida y luego, al parecer, ejecutado por los rebeldes, cierra una etapa tiránica pero, a la vez, sume al futuro de ese país africano –y al mundo entero– en la incertidumbre. De ninguna manera ese acto criminal, que no tiene justificación ni siquiera en la delirante y abominable imagen de la víctima, traerá sosiego a un pueblo martirizado primero por un gobierno despótico y luego por la descomunal maquinaria bélica de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan), manejada con prepotencia por los países más poderosos del planeta.Esta vez ni siquiera hubo necesidad de justificar el ataque a un país soberano en busca de células terroristas, como lo hizo Estados Unidos para invadir Afganistán. Ni de inventar ninguna patraña como la supuesta posesión de armas de destrucción masiva por parte de Irak, utilizada por George Bush para destruirlo y ejecutar a Saddam Hussein, tras una parodia de juicio.Aquí bastó un cambio de humor en los interlocutores que Kadhafi eligió para recomponer su imagen ante Occidente y que inició hace ya un tiempo, entregando a dos supuestos responsables del atentado contra un avión de Pan Am en 1988 que costó la vida a sus tripulantes, 259 pasajeros y 11 aldeanos de la aldea escocesa de Lockerbie. En el marco de la denominada Primavera Árabe, una protesta reprimida por Kadhafi con la violencia que el dictador acostumbraba a gastar, fue suficiente para allanar el camino de la intervención, avalada por el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).Es en este punto donde la suerte del pueblo libio se liga con la del mundo entero, pues la organización que agrupa a todos los países en un pie de igualdad, como lo especifican en forma taxativa sus reglamentos, juega un papel de triste marioneta. En efecto, a fin de cumplir sus propósitos, la Carta de la ONU declara que está basada en el principio de igualdad soberana de todos sus miembros y establece que éstos arreglarán sus conflictos por medios pacíficos y que, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado.El desparpajo con que estas leyes acordadas por todos los miembros de la ONU han sido violadas de manera sistemática, en especial por Estados Unidos, sume en la inseguridad jurídica a los países menos poderosos. La sospecha de que el abundante petróleo que posee Libia apresuró las decisiones más que cualquier idea misionera de defensa de la libertad y la democracia es también un mensaje inquietante. Nadie que posea bienes que puedan ser de nuestro interés estratégico –parece decir ese mensaje– está exento de que le ocurra lo mismo que a Kadhafi.

