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El peor remedio

Luego de tres años de instaurado, el cepo cambiario no sólo demostró su inutilidad como medida económica sino que ha resultado contraproducente y complica la vida de miles de argentinos.

02 de noviembre de 2014 a las 12:01 a. m.
El peor remedio

Toda vez que se habla de restricciones, se suele citar a la llamada ley seca implementada en Estados Unidos tras finalizar la Primera Guerra Mundial: su mejor resultado fue lograr que durante 10 años los estadounidenses bebieran como templarios, consumiendo alcoholes de ínfima y dudosa categoría.

Con el cepo cambiario instaurado hace ya tres años en la Argentina, los resultados no difieren: algo parecido a la desesperación por atesorar lo que está restringido y pérdidas ostensibles para todos los actores económicos del país.

Fue el 28 de octubre de 2011 cuando el entonces ministro de Economía Amado Boudou anunció el avance de la Administración Federal de Ingresos Públicos (Afip) sobre el mercado cambiario, al que sólo podrían acceder los titulares de clave fiscal e ingresos declarados y adquirir dólares por no más del 20 por ciento de dichos ingresos.

El resto es historia conocida, pero no está de más repasarla como otra página impar del fracaso argentino, que se nutre de las mismas medidas improductivas tomadas por un rosario de gobiernos que diagnosticaron mal los problemas de la Nación y aplicaron la terapia equivocada, poniendo al paciente al borde del colapso.

Se trata, en este caso, de un paciente que ha sobrevivido a terapias de shock , cirugías sangrientas, experimentos clínicos y, sobre todo, a pésimos doctores.

El cepo cambiario trastrocó la vida de los argentinos y sólo sirvió para complicar a la sociedad toda, agravando los males que se querían remediar. En otras palabras, sirvió para corroborar que el problema nacional no era el mercado de cambios.

Humildes ciudadanos de a pie preocupados por sostener el valor de sus ahorros ante el crecimiento desmesurado de la inflación se volcaron al mercado paralelo y sucesivas disposiciones establecieron media docena de cotizaciones para la misma divisa, mientras las casas de cambio debían redefinir el rumbo de sus negocios y no pocos trabajadores del sector perdían su empleo.

A la par, industrias diversas comenzaban a experimentar las consecuencias de la falta de acceso al dólar, lo que les impedía importar sus insumos, tal como le sucede por estos días a la industria del calzado, de singular importancia en Córdoba.

Quizá la imagen más patética resultante de poner las cuestiones de la Nación en manos de curanderos sea la de tantos pacientes que peregrinan en la búsqueda del medicamento que no puede ingresar al país. Pero lo grave es saber que los autores de la mala praxis no son ajenos a la naturaleza de nuestros males y practican la más nefasta de la metodologías: afrontar los errores viejos cometiendo errores nuevos. Y no ignorar que el costo de las terapias indebidas será elevado y nada ni nadie nos privará de abonar la factura respectiva.