Dos mujeres
En el anunciado ahorcamiento de una mujer iraní, como en la aplicación de una inyección letal a una norteamericana, el principio es el mismo: el castigo extremo como inútil método de disuasión.
La única diferencia son las formas de exterminio, pero ambas abrevan en las aguas amargas de la barbarie. El mundo vive conmovido por el aciago destino que se depara en Irán a Sakineh Ashtiani, acusada de adulterio y condenada en 2007 a ser lapidada, según las prescripciones de la sharía (ley musulmana). El clamor mundial, que incluyó desde presidentes o jefes de Estado hasta el papa Benedicto XVI, impidió la consumación de ese acto de insondable inhumanidad. Pero el Estado la quiere muerta y reemplaza ahora al apedreamiento por la horca, aunque para ello altere hasta la cronología y la caracterización del presunto delito que habría perpetrado la joven. Según el fiscal general Gholamhosein Mohsení-Ejeí, Sakineh "va a morir en la horca porque ha sido encontrada culpable de asesinato de su marido y esa condena precede a la de adulterio". Sin embargo, durante el juicio, Sakineh jamás fue acusada de asesinato. El responsable de ese delito fue condenado a muerte por un tribunal de la ciudad de Tabriz y, luego, perdonado por los hijos del matrimonio.La difusión mundial de la atroz sentencia dictada contra Sakineh puede ser explicada por la demonización generalizada del régimen iraní de Mahmud Ahmadinejad, pero siempre se silencian castigos igualmente aberrantes que aún se aplican en países musulmanes aliados de Occidente.Menor difusión tuvo el caso de Teresa Lewis, de 41 años, ejecutada el viernes 23 de septiembre último en la prisión de Greensville, Estados Unidos, acusada de haber instigado los asesinatos de su marido, Julián Lewis junior, y de su hijo Charles Lewis. Teresa es la primera mujer ejecutada en casi un siglo en el Estado de Virginia.Muy poco es lo que se ha dicho de la terrible vesania empleada en el caso de Teresa, una mujer fronteriza con la deficiencia mental. Su coeficiente intelectual era de 72, poco más del umbral de 70, debajo del cual se considera que la persona es subnormal. La Corte Suprema de Estados Unidos prohíbe las ejecuciones de reos con coeficiente intelectual menor a 70. ¿Una vida humana depende de dos puntos, cuando no existe precisión científica incuestionable acerca del umbral de la deficiencia mental?Si la condena de Sakineh remite a la Edad de Piedra, la de Teresa es una regresión a lo más oscuro de la Edad Media: "Ella es la cabeza de la serpiente", dijo el juez Charles Strauss cuando la condenó a morir.Por cierto, hay un "progreso" en el simple arte de matar, porque si en el destino de Sakineh prevalecía la funesta posibilidad de ser víctima de un ancestral ritual de justicia, a Teresa le fue colocada la ultramoderna inyección letal. Pero el principio es el mismo: el castigo extremo como inútil método de disuasión. Porque siempre habrá parejas infelices que acudirán a formas aborrecibles de solución de sus conflictos.

