Del "mercado cordobés"
El vecindario ya sabe que está condenado a sufrir la diaria ordalía de la vocinglería y la suciedad que quedan como huella inevitable de todo el "mercado cordobés" que se instala en la peatonal.
Cuando se utiliza la expresión "mercado persa" para describir la rutinaria ocupación abusiva de calzadas peatonales y veredas de la ciudad de Córdoba por vendedores no autorizados, se incurre en un gran error histórico. En Oriente Medio y en el norte de África, los mercados ("zocos", antigua palabra derivada del árabe zuks , que mantiene su vigencia en nuestro tiempo) nada tienen de la misérrima exhibición de artículos tercermundistas producidos en China e importados a veces en condiciones que rara vez frecuentan la legalidad.
Quienquiera que visita los zocos existentes desde Estambul, en la confluencia euroasiática, hasta Marrakesh, en el flanco sur del Mediterráneo, pasando por Damasco y El Cairo, asiste a una polícroma exhibición de mercancías, desde la fastuosa acumulación de joyas en oro y mueblerías de alta gama hasta una pieza de pan o una infinita variedad de dulces y perfumes. Se trata de un sistema comercial de tradición multisecular, precursor de los modernos centros comerciales.
Curiosamente, en su origen zuk significaba desorden, pero no hay nada menos desordenado que un mercado oriental. Los vendedores pagan sus cánones al gobierno de la ciudad, deben velar por la higiene de sus puestos y son inspeccionados por funcionarios municipales, a quienes están obligados a exhibir los documentos probatorios del origen lícito de sus mercancías. Cualquier irregularidad es sancionada con dureza.
Afirmar, entonces, que la ocupación de espacio público -un mal urbanístico que reaparece en forma incurable en la vida cordobesa- es una especie de "mercado persa" es incurrir en un error y, lo que es mucho peor, en fuga de una realidad que suele estar sobrecargada de aspectos oscuros.
Los vendedores que exhiben sus mercaderías en un piso de opinable higiene, que no pagan impuesto alguno, que se surten de productos en locales que a veces son "cuevas" donde medran evasores y comerciantes (que, como han revelado procedimientos policiales y aduaneros a lo largo de décadas, introducen en el flujo comercial de esta Capital mercaderías que suelen provenir de operativos realizados por "piratas del asfalto" y contrabandistas), plantean una competencia desleal y ruinosa al comercio legal, que paga fuertes alquileres, cumple con sus obligaciones tributarias y crea fuentes de trabajo.
Llama la atención que en los últimos años Córdoba haya carecido de administraciones municipales ejecutivas, dispuestas a hacer cumplir lo que mandan las leyes y ordenanzas. Todos los intentos por relocalizar a los transgresores son de vida efímera. El vecindario ya sabe que está condenado a sufrir la diaria ordalía de la vocinglería y la suciedad que quedan como huella inevitable de todo "mercado cordobés", lo más lejano y diferente de un "mercado persa".

