Coronas cuestionadas
En pleno siglo 21, la abdicación del rey Juan Carlos de España vuelve a poner en cuestión el sentido de las monarquías en una Europa que ya ha demostrado su vocación democrática.
La reciente abdicación de Juan Carlos de Borbón en favor de su primogénito Felipe ha reabierto, más allá de las implicancias políticas específicamente españolas, un debate que trasciende a toda Europa. Al mismo tiempo, el paso al costado del rey que Francisco Franco ungió para sucederle –en la convicción de que España seguiría siendo la que el dictador soñaba– no deja impávida a una Latinoamérica acostumbrada a la relación con el ahora exmonarca. Relación que tuvo ribetes por momentos excepcionales.Por cierto, la salida de escena del rey Juan Carlos es el producto de un paso estudiado y medido hasta el paroxismo, a efectos de un eficaz control de daños. Es que ya era evidente el desgaste de una figura que fue carismática y oportuna, pero a la que los años y la prolongada exposición habían menguado su capital político y convertido en el símbolo de todo lo que pudiera merecer un fuerte rechazo por parte de la sociedad.En tal sentido, las imágenes del monarca fusil en mano y compañía femenina al costado, dado a la caza de elefantes en África en medio de la crisis que llevó al desempleo a casi el 30 por ciento de la masa laboral española, dejaban claro que el hombre capaz de oponerse al golpe de Tejero, garante de la democracia española, ya no era el de antes.Algo se había roto en la relación de Juan Carlos con los españoles. Y las andanzas de su yerno Iñaki Urdangarín por los pasillos tribunalicios no ayudaron a mejorar las cosas.Pero lo que trasciende a la nueva etapa en la que la casa real hispana tratará de reinventarse es el fuerte clima de protesta de buena parte de una sociedad que, a esta altura, se pregunta si su país necesita testas coronadas o debe terminar con una institución que luce arcaica y ajada.El debate, de buen grado o por la fuerza, se hace extensivo a las 10 monarquías que perviven: las de España, Bélgica, Dinamarca, Holanda, Lichtenstein, Luxemburgo, Mónaco, Noruega, Reino Unido y Suecia.Lo que a esta altura cuesta encontrar son razones valederas para el sostenimiento de casas reales costosas y de escasa practicidad, afectadas a funciones meramente protocolares, en el marco de sistemas en los que no aportan casi nada al necesario equilibrio de poderes.Al margen, y sin ignorar que el debate será prolongado, quedará el historial de la rica relación que el exmonarca entabló con Latinoamérica. Para la región, se mostró como un hábil negociador, capaz de impulsar una política de Estado que llevó a España a ser uno de los mayores inversores del subcontinente.Podrá decirse, sin temor a yerro alguno, que el saliente rey Juan Carlos no fue uno de los característicos soberanos ajenos a su tiempo. Todo lo contrario.

