Asumir las responsabilidades
Sin cuestionar el derecho que le asiste de participar en política, hay que decir que la reaparición de Macri no es únicamente más de lo mismo en este contexto crítico. Macri dijo que la gestión de Alberto Fernández será "el último gobierno populista de la historia"
El expresidente Mauricio Macri reapareció en una entrevista difundida días atrás y ratificada por otra a las pocas horas; y se aguarda algunas más la semana entrante. La para nada casual vuelta al ruedo ha servido para corroborar, de nuevo, que en la arena de la política argentina nadie termina de hacerse responsable de los problemas que ha causado o que no pudo resolver. Mejor dicho: que la culpa de todos los males es siempre ajena.
Huelga mencionar, casi con piedad, que no es un rasgo de honestidad intelectual situarse en el rol de víctima que confió en quienes no debía, a la vez que reconoció no haberle dicho a la sociedad argentina lo evidente: que el país estaba al borde de la cesación de pagos en diciembre de 2015, cuando asumió como primer mandatario.
La actitud reitera lo ya aprendido con un expresidente hoy atrincherado en el Senado a la espera de que la Corte Suprema de Justicia de la Nación nunca deje firme su condena. Sí, Carlos Menem, quien admitió haberle prometido a sus votantes, allá por 1989, lo contrario de lo que estaba dispuesto a realizar.
Y coincide con el nunca escrito pero bien aprendido manual del exfuncionario, capaz de explicar con encomiable exceso imaginativo las razones de su fracaso de gestión. Nada nuevo bajo el sol y mucho menos cuando las autoridades presentes referencian su impotencia operativa y errores garrafales en... ¿Adivinen qué? La pesada herencia recibida, claro.
Sólo para recordarnos lo lejos que estamos de cualquier virtud republicana exhibida por nuestros funcionarios presentes y pasados, debería mencionarse que alguna vez tuvimos un vicepresidente que se negó a recibir pensión y murió como vendedor ambulante de anilinas. Por ese motivo los amigos debieron comprarle un traje para sepultarlo. Se llamaba Elpidio González.
Mas acá de estos raros ejemplos de estoicismo cívico, hemos asumido que la función pública es una aventura a la que se accede a efectos puramente personales –poder, negocios–, en un marco donde nadie se considera obligado a rendir cuentas y todo puede resumirse en la búsqueda de un oportuno culpable que cargará con las torpezas propias y ajenas, mientras el país sigue acelerando en su marcha imparable hacia las profundidades.
Sin cuestionar el derecho que le asiste de participar en política, hay que decir que la reaparición de Macri no es únicamente más de lo mismo en este contexto crítico. Aporta también a la lógica binaria del “ellos o nosotros”, en un juego perverso que cada uno de los últimos gobiernos reiteraron hasta el hartazgo: la elección del enemigo necesario, expresado en dos personas que, como matrimonios catastróficos, no pueden verse pero no dejan de necesitarse, porque no pueden existir el uno sin el otro.
Con lo que vuelve a sucedernos lo que el proverbio africano describe: “Cuando dos elefantes se pelean, la que sufre es la hierba”. Donde dice hierba, debe leerse país. Este, el nuestro, donde la irresponsabilidad se ha convertido en un hábito.

