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El triunfo de la alianza opositora en las elecciones legislativas de Venezuela confirma que los habitantes de la región privilegian el respeto a la división de poderes, tan vapuleada por el chavismo.

08 de diciembre de 2015 a las 12:56 a. m.
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Si bien las encuestas anticipaban un triunfo de la alianza opositora en Venezuela, los cómputos finales de las elecciones del último domingo mostraron una fuerte caída del chavismo, que no perdía desde 1999. El presidente Nicolás Maduro admitió la derrota, aunque se privó de felicitar a los líderes del Movimiento de Unidad Democrática (MUD), que representaban además a 75 dirigentes políticos encarcelados en ese país.El sucesor de Hugo Chávez atribuyó el duro traspié a la "guerra económica" y a una campaña "desleal" de la oposición, que, según su interpretación, habría contado con la complicidad de vastos sectores de la política internacional.Suenan extrañas las palabras de Maduro, pues la mayoría de los gobiernos latinoamericanos, salvo los de Colombia y Chile –a los que se agregó semanas atrás el presidente electo de la Argentina, Mauricio Macri–, han defendido la gestión chavista, sin atender los reclamos sobre los abusos de los juicios políticos y contra las libertades en Venezuela.Por contrapartida, el mandatario venezolano y sus seguidores sembraron durante la campaña miedo respecto de las consecuencias negativas que se cernían sobre la sociedad en caso de perder los comicios y el control del aparato legislativo.Tanto en Venezuela como en la Argentina, se registró un voto mayoritario por el respeto de las libertades democráticas y de rechazo a las tendencias totalitarias de ambos populismos, que alentaron profundas divisiones en la sociedad.Es la primera lección que Latinoamérica debe extraer de los recientes comicios en los dos países. El abuso y la concentración del poder, el intento de domesticar a la Justicia, la persecución a la prensa independiente y la falta de respeto a la división de poderes que consagra el sistema republicano terminan por generar un amplio rechazo social.Si a ese hartazgo se añaden economías con pérdidas de reservas, descontrol del gasto público, elevada inflación –Venezuela y la Argentina encabezan el podio mundial– y la caída de puestos de trabajo en el sector privado, las posibilidades de crecimiento desaparecen por completo.Brisas de aire nuevo soplan sobre América latina, cuyos gobernantes deben entender que el respeto a los derechos humanos es una cláusula vigente para la vida moderna y no sólo para juzgar los horrores del pasado, cometidos por dictaduras militares que respondieron a una misma doctrina. Junto a tales principios elementales, los miembros de esas sociedades anhelan una política económica que tienda al bienestar de todos los sectores y no sólo para favorecer el enriquecimiento de la clase gobernante y de pequeños grupos políticos afines.Los mensajes en las urnas de Venezuela y la Argentina no dejan lugar a dudas sobre la validez de ambos reclamos.