Patricia Bermúdez, de los piquetes a la lucha en Londres
Patricia Bermúdez, única argentina en lucha, tiene una historia particular.
En 2008, Patricia Bermúdez llegó a Jesús María. Se instaló en la Escuela de Suboficiales de Gendarmería Martín Miguel de Guemes y comenzó a formarse como gendarme. Hizo el curso y luego, a la calle. Al “móvil” de Colonia Caroya para trabajar cara a cara con la gente.
“Trabajamos en piquetes, en cortes de ruta. Hasta me tocaron operativos en los que debíamos acompañar a la Presidenta de la Nación”, recordaba ayer la santiagueña.
Un poco para olvidarse del mal trago en los Juegos Olímpicos de Londres y otro para demostrar que nada es fácil cuando se trata de deportistas argentinos. Patricia era la única representante argentina en lucha. Perdió en su debut, en categoría 48kg ante una polaca (Iwona Matkowska) que no la dejó hacer nada. La esperamos en la zona mixta para preguntarle por sus sensaciones, pero nos rompió el corazón cuando pasó llorando hacia su vestuario. Después hablará, fue la seña de su entrenador, el cubano Erik León. “Todavía puede clasificar a un repechaje”, dijo.
El grupo de periodistas argentinos que la seguíamos decidió irse a comer y bancar a la “petiza” (mide 1,50m) hasta que pasara el sacudón. Caminamos hasta la otra punta del ExCel (una caja de zapatos monstruosa, de dimensiones estratosféricas, que tiene pabellones para todo y que, de punta a punta, lleva unos 20 minutos a pie) todavía tocados por la emoción de Patricia. A las dos horas, alguien avisó que ya estaba. “No tiene más chances”.
Patricia salió a regañadientes. Éramos pocos ya los que queríamos preguntarle qué había sentido. Una obviedad: estaba en el fondo del mar. “No estoy muy bien, medio triste. Lamento mucho no haber avanzado. Esperaba un poco más. Pero tengo que seguir trabajando”, nos dijo. Tenía los ojos inyectados de sangre. “Igual, me sorprendió que con dos años y medio de preparación avancé mucho. Estas son minas que se están preparando mucho. Tiene 32 años, yo 25, puedo crecer. Iré a Río de Janeiro y a dos ciclos más. Me di cuenta que nada es imposible”, dijo. Cuando escuchó su frase, se iluminó.
Es increíble: es gendarme y trabaja en la administración, en una de las oficinas que tiene la fuerza en Buenos Aires. Aunque, por los Juegos Olímpicos, podía tomarse algunas licencias para ir a entrenar y pudo trabajar unas cuatro horas por día. “¿Dejar el trabajo? Es lo que elegí. Amo la carrera de Gendarmería. El tema deportivo es hasta dónde te da el cuerpo. Por ahí una lesión te deja afuera y perdiste lo otro”, me aclaró cuando le dije si ya podía vivir de la lucha.
Al final, la derrota había quedado un poquito más lejos. Sacó un par de sonrisas y se acordó de cómo se inició a hacer lucha. No careteó: comenzó con esta disciplina porque estaba gorda. “Había dejado el yudo, me metí en la Gendarmería y engordé. Me convencieron para hacer lucha y vi que podía bajar. Al final, perdí unos 10 kilos y ya estaba metida”.
Ojo: el nuevo deporte no le gustaba nada de nada. Pero vio que era buena y siguió. “Con dos meses de lucha me llevaron a un Panamericano. Viajé de caradura, porque eran países que no conocía, ja. Pero dejé”, se reía metida en un traje ajustado, a presión. Por detrás pasaban las rusas, las polacas, las chinas, todas de su altura y de unos físicos raros, potentes, asombrosos.
Contó ayer que juega al límite con la balanza. Tanto que en el Panamericano de Guadalajara llegó con dos kilos de más y no daba el peso. Y dale sauna, y sauna… y tampoco. ¿Qué hizo? “Me quedaban 400 gramos y entonces me corté el pelo. Sí, con eso llegué. Soy así”.

