Luis Muchaga: Es como volver al barrio
El DT del bronce en Seúl ’88, disfrutó de un inolvidable Argentina-Brasil en la Córdoba que lo formó humana y profesionalmente. Análisis, sensaciones y recuerdos de un emblema del vóley argentino.
Tiene la sencillez de los caballeros, un acento español que se le pegó con el paso de los años y un lugar en la historia del vóley argentino.
Mientras revuelve su café, Luis Muchaga, el entrenador del bronce en Seúl 1988, siente que volvió al pago. Que está en casa. Obligado por circunstancias familiares, el director técnico de la Federación Española de Vóleibol –un cargo complejo, con muchas responsabilidades– regresó a Córdoba y, casi por casualidad, se dio el gusto de disfrutar, rodeado de amigos, del Final Six.
Conductor de un equipo talentoso que logró el único 3-2 de la historia sobre Brasil, en los Juegos del '88 (los canarinhos se llevaron los otros 10 en que llegaron al quinto set), Muchaga bromea con que sólo él tiene la fórmula secreta para ganarle a los brasileños en estas circunstancias.
"Estoy aquí de casualidad, pero no me iba a perder un Argentina-Brasil. Fui como un entrenador más, a disfrutar como apasionado del vóley. Desde un compromiso emocional con la celeste y blanca, quise ser un espectador menos pasional y disfrutar del espectáculo. Me la pasé bomba, sin sufrir lo que se sufre cuando uno está comprometido hasta las cejas. Me encantó lo que se vivió en las gradas. Me emocionó. Es como cuando volvés al barrio, a la escuela donde hiciste la primaria. Felizmente no estaba tan condicionado por el estrés", dice.
–Desde esa distancia emocional, ¿cómo vio a Argentina?–Argentina ha dejado en claro dos cosas. Primero, que los partidos con Brasil son derbis y no valen los antecedentes ni los análisis. Y segundo, que jugando bien se le puede ganar a cualquiera. A un partido, jugando bien y si hay motivación, se pueden hacer grandes cosas. A largo plazo es distinto, pero a un partido... Ningún equipo gana antes de jugar.
–¿Qué fue lo mejor de la selección ante Brasil?–El desparpajo de los chicos. La desfachatez de los jóvenes para jugar de igual a igual a Brasil pese a los nervios. Es una maravilla ver gente jovencita como Conte, Quiroga y todos los chicos, jugarle a Brasil y jugarle con esa entereza. Vi a Facundo Conte hacerle un punto a Brasil con un "toque de dedos", pasando la pelota por arriba del bloqueo. Esto es una jugada de otra época: es un chico que juega al vóley desde la cuna y se anima a hacerle eso a Brasil en un Final Six de Liga Mundial. Da mucha frescura. Me anima a pensar que, pese a todo el cientificismo y a las cosas complicadas, sigue siendo un juego. Y en un juego siguen teniendo enorme valor los que saben jugar y tienen ganas. Y los más pillos.
Herencia voleibolística"A Facundo Conte le vi cositas de mucho carisma. Me hizo recordar a Hugo, es la transmisión de padres a hijos. Es la impronta de las tradiciones que no se da en muchos países del mundo. Casi siempre valoramos lo que tienen otros y no le damos la trascendencia a lo que sí tenemos. El capital humano es muy importante.
–Además, se da la transferencia con una generación emblemática como la de los '80.–Va más allá del hecho puntual de una generación tan representativa y de tanto impacto y que, inclusive, sus descendientes ya no son el futuro, sino una realidad. Esto no es una casualidad, es un dato emblemático. Pero hay que mirar más allá: en las tribunas vi muchas caras del vóley de toda la vida, que aún están allí. Hay una transmisión generacional, de cultura, de vivir con pasión. Hombres con jugadores que fueron sus discípulos, que a su vez tienen hijos que juegan... Eso es distintivo del vóley de Córdoba.
–¿Cuál es esa impronta cordobesa? ¿Qué rasgos tiene?–Todos somos el producto de una sucesión de cosas. Yo me reconozco como producto de eso que hablamos: una generación de gente de vóley con unas características éticas, filosóficas y profesionales muy definidas. Después, cada uno agrega cosas que busca en otros ámbitos. Pero me represento genuinamente con una línea cordobesa, que no es ni mejor ni peor; simplemente existió y está ahí. Con aquella gente con la que me formé teníamos una enorme motivación y un gran compromiso. Le buscábamos el por qué a las cosas: el hacer por y para algo.
Brasil, siempre Brasil"Fue raro: asistí al Orfeo como quien va al cine. Por momentos, como ex entrenador, me puse en la piel de Javier (Weber), porque jugar contra Brasil siempre es un desafío", plantea. "En el bronce de Seúl, como todo partido contra Brasil, así como lo ganamos lo pudimos perder. Brasil fue siempre Brasil, pero estaba en un recambio generacional y nosotros estábamos cerca de la cumbre. Ahora, Argentina remaba desde atrás y estuvo a punto del milagro, aun sin jugar bien el tie break", añade.
–¿El recuerdo de Seúl está muy presente en su vida?–Siempre he sido muy contrario a vivir de glorias pasadas. Hay que atesorar los logros, pero en deporte, un mes es un siglo y 30 años son mil milenios. Aquello me abrió puertas, lo reconozco, pero supe aprovechar esas oportunidades. Nunca tuve esa medalla como estandarte: ese logro representaba a todo el vóley argentino de la época, a los jugadores y a gente que no estaba allí. Todos los que hicieron algo para ese podio también se lo merecían.

