Wimbledon: “La Catedral” abrió las puertas
El mítico escenario se mostró al mundo gracias a los Juegos Olímpicos. Todos aprovecharon la oferta, porque cuando se juega el Grand Slam no muchos pueden conseguir entradas para ese escenario tenístico.
Me dejé llevar por la intuición, caminé hacia la derecha, desde una entrada secundaria y en la puerta le pregunté a un voluntario por dónde se entraba al court central. “No”, me dijo el muchacho, siempre serio.
"Esta es la cancha número uno. La central está del otro lado". Si esa era apenas la "uno" de Wimbledon, la realmente importante sería inabarcable. Y hasta allí fui, abriendo paso entre niños, mujeres y hombres que paseaba por el All England Lawn Tennis y Croquet Club, un complejo de canchas sólo de tenis (el croquet quedó en la historia), ubicado al sureste de Londres a casi una hora del Parque Olímpico.
El lugar respira clase y estirpe británica, todo envuelto por una vegetación abrumadora y pintado, siempre, de verde. Un lugar mítico para el tenis mundial convertido en sede de los Juegos Olímpicos. Aunque ayer fue un hervidero lejos de la quietud del Grand Slam, los jugadores no se quejaron.
El que pintó para pegar un grito fue David Nalbandian cuando un niño exploraba los límites de la barrera del sonido con su llanto, pero al final, el cordobés se la bancó y no pasó nada. Es que el público era más de fin de semana, curioso de ver a los mejores del mundo a precios más accesible, que experto en tenis de primer nivel.
Todo el mundo aprovechó la oferta porque cuando se juega el Grand Slam, en Wimbledon no cualquiera puede conseguir entradas. Los que quieran deben anotarse, esperar un sorteo y si les toca, adentro. Por eso, ayer familias enteras bajaban desde la estación de subterráneos (“the tubes”) de Southfields y caminando unos 15 minutos se metían en el club.
Como me decía otro de los voluntarios: "Acá va a jugar Federer". Y así lo hizo, y en el famoso court central y de verdad que es inabarcable. La cancha soñada con el césped cortado a 10 milímetros, de un verde perfecto. Valía la pena.
Un museo de los campeones, el restaurante VIP en uno de los balcones de la cancha, la sensación de un Primer Mundo excéntrico pero, al menos para estos Juegos, un poco más abierto. Así que seguí recorriendo las canchas, una por una.
Vi salir a Nalbandian rumbo a las duchas, con resignación y cierto orgullo por saber que una vez ahí fue finalista. Lo vi traspasar un puerta de fina madera (todo en Wimbledon es madera) y perderse en un laberinto de pasillos que, seguramente, debe conocer muy bien.
Había caído ante Janko Tipsarevic (que, por cierto, se pasó media hora dando entrevistas, encantado de la vida) y le quedaba el dobles, que más tarde también perdería. Wimbledon seguirá siendo la sede del tenis olímpico y la gente aprovechará para sacarle provecho.
Mujeres y hombres, todos al mismo tiempo, jugando por el oro y a un precio de oferta. Valió la pena la visita, aunque la corrida fue memorable. Debí salir a los tiros porque, del otro lado de la ciudad Paula Pareto se jugaba el bronce en el yudo... nada más que en media hora.

