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Del magnetismo de Diego a la bocina de Pavel

Quedó demostrado en los dos días que van de la Copa Davis que en tenis nadie tiene la última palabra. Los que hoy festejan, mañana no se sabe y viceversa. Así se vivió el sábado en Parque Roca.

16 de septiembre de 2012 a las 09:10 a. m.
Del magnetismo de Diego a la bocina de Pavel
Del magnetismo de Diego Maradona a la bocina de Pavel. (Foto: Télam)

Quedó demostrado en los dos días que van de la Copa Davis que en tenis nadie tiene la última palabra. Los que hoy festejan, mañana no se sabe y viceversa.

Ayer el ambiente se pareció bastante a esas jornadas inestables en las que un cambio brusco en el clima sorprende y decepciona. Pasado el mediodía el Parque Roca era pura expectativa. Colmado y con gente aún ingresando, la mole de cemento parecía latir al ritmo de unos 12 mil corazones. Como el primer día, la mayor ovación fue para Diego Maradona que puntualmente (no como el viernes) se acomodó en el palco 28.

Diego volvió a demostrar que su magnetismo es a prueba de cualquier camiseta y deporte. Ni siquiera los adoradores de Riquelme, que un día atrás lo ninguneó (“no me importa lo que diga este muchacho”), se privaron de adularlo. “Olé, olé olé, olé, Diego, Diego”, sonó.

Con sonrisa generosa, gorra, anteojos negros y remera al tono, el astro fue uno más entre los enfervorizados. Festejó, protestó e insultó durante las casi dos horas y media que duró el match entre Schwank-Berlocq y Berdych-Stepanek.

Aunque no pasó inadvertido, esta vez el ex técnico de la selección evitó ser el centro de atención como ocurrió en aquella serie ante Suecia o durante un ATP de Buenos Aires en el que el árbitro debió advertirlo por sus insultos.

Palermo y su mujer, Ricardo Darín y demás actores y actrices le dieron el toque “glam”.

El público del interior se acercó en masa al estadio de Villa Soldati. Las banderas de Esperanza, Etruria, Roldán, Casilda, Villa María, Trelew y Rafaela, entre muchas otras, lo atestiguaron.

Fue extraño ver a Schwank sin su ladero Nalbandian. El debutante Carlos Berlocq recibió un aliento especial. Al final se emocionó y, más allá de la derrota, respondió levantando sus pulgares a la hinchada.

Cuando se consumó la derrota, se rindieron ante la jerarquía rival. Además de aplaudir a Stepanek y Berdych, reconocieron a los 150 checos (Maradona los aplaudió de pie) que a golpe de bocinazos y redoblantes fueron una pesadilla para los oídos.

La mayoría llegó el miércoles y aprovechó el viaje para conocer Capital Federal. Pavel Juraka, un ingeniero en telecomunicaciones de 51 años, colorado como una brasa, no paraba de sonreír mientras mostraba su corneta comprada en Argentina. Registraba todo con una gran cámara de fotos. Y no era para menos. Viajó 17 horas y se gastó 200 mil coronas checas (alrededor de 8 mil dólares).

Junto a su amigo Daniel y sus compatriotas, Pavel festejaba cada punto como si fuera el último. El juez de silla y los tenistas europeos debieron advertirles que cesaran el ruido.

Fueron los últimos en irse del estadio. Se fueron, claro, en busca de “carne argentina y vino”.