Michael Phelps: la electricidad de la historia
El estadounidense, que ganó su 20ª medalla, volvió a paralizar el Aquatic Center de Londres, que vibró como si adentro se jugara un partido de fútbol. En cada rincón hubo gente fascinada.
Con el tiempo, los gritos, los aplausos, las caras de asombro que vi ayer se convertirán en recuerdos y, como todo recuerdo, se deformará.
Supongo que la explosión que escuché en el Aquatic Center de Londres será magnificada y modificada por los libros de historia, que contarán la hazaña de Michael Phelps con detalles que nunca existieron. No importa lo que yo crea, a fin de cuentas. Sólo importa lo que ocurrió pasadas las 20 horas inglesas, en un estadio que, de no saber que era para natación, hubiera jurado que tenía un partido de fútbol dentro y que se había consagrado un campeón del mundo.
Difícil imaginar, para un argentino, que un nadador pueda paralizar a multitudes. Phelps lo hace cada vez que nada. Sólo al aparecer, con su largo camperón Nike y sus auriculares, despierta en el aire una atmósfera eléctrica que se traga todo lo demás.
Ayer definía los 200 metros combinados frente a su compatriota Ryan Lochte y los periodistas tuvimos que reservar tickets si queríamos pasar por ahí. Y hubo lleno completo y clima caliente, y gente asombrada, dándoles a los aplausos como sólo había visto en un estadio argentino, pero de 11 contra 11.
Ganó Phelps y llegó a la 20 medalla de la historia, una cifra inimitable por cualquier otro ser humano. Consiguió, además, ganar por tercera vez la misma prueba en tres Juegos diferentes. Por eso estábamos todos ahí, babeándonos por el estadounidense que siempre sonríe, que siempre busca a su mamá en la tribuna.
Y es que había gente por los pasillos, en los descansos. Tipos que se habían parado, atónitos, a medida que el chico de Baltimore se acercaba a la meta. Gente, digamos, un poco loca por la natación. Conscientes
de que era (éramos) testigos de la historia.
Después de un rato (con la coronación y, vaya bestia, la semifinal de los 200 mariposa), lo esperábamos en la sala de entrevistas. Salió como si nada, caminó hasta la prensa y ahí debieron poner un micrófono para que todos lo escucharan. Llegar hasta una pregunta era tan difícil como pretender vencerlo en el agua. Así y todo, fue capaz de charlar y contar que estaba feliz (¡cómo no!) de otra medalla de oro.
Cuesta entender tanta distancia entre las pasiones. Pero vale la pena disfrutar de un mundo lejano que, digámoslo, es el primer mundo del deporte. El que tiene tantas prioridades como estrellas, el que tiene un deportista monumental que ha hecho lo que nadie, y en el que, por una buena vez, lo que festejamos desaforados no fue un gol.

