Copa del Mundo. En medio del colapso institucional, Haití vuelve a un Mundial
La selección haitiana se clasificó a la Copa del Mundo de América del Norte pese a la violencia de las pandillas, la imposibilidad de jugar en su país y un plantel armado en la diáspora. Un logro deportivo que adquiere dimensión política y social.
Hoy Haití es prácticamente un no país: un Estado fallido en el que las autoridades han perdido el control y que vive una situación de anarquía y brutales convulsiones desde el asesinato del presidente Jovenel Moïse, en 2021. Desde entonces, el poder quedó en manos de unas 200 pandillas que dominan la capital, Puerto Príncipe, bajo una lógica de violencia extrema que incluye masacres, secuestros y ejecuciones cotidianas. En este estado de situación, los muertos se cuentan por miles (5.600 en 2024, 8.100 en 2025 y 1.800 en el primer trimestre de 2026), y los refugiados, por cientos de miles.
Los derechos humanos prácticamente no existen y la crisis humanitaria alcanza niveles africanos en un país que está a apenas dos horas de Miami, una referencia que cobra sentido porque, con todo este viento en contra, la selección haitiana clasificó al Mundial de América del Norte e integra el Grupo C, junto con Brasil, Escocia y Marruecos. Para sorpresa del planeta y a pesar de todo, el fútbol no se detuvo en Haití, lo que habla de la capacidad de resiliencia del juego.
La clasificación de Les Grenadiers al Mundial tuvo condimentos propios de la brutal realidad del país. Por razones de seguridad, el equipo no pudo ser local en el estadio donde juega tradicionalmente, el Stade Sylvio Cator, de Puerto Príncipe, abandonado desde 2024 por estar ubicado en una zona dominada por pandillas. En rigor, el 80 por ciento de la capital está bajo el control de las bandas.
El seleccionado debió fijar su localía en las vecinas islas de Aruba, Barbados y, finalmente, Curazao, territorios insulares de ultramar de los Países Bajos. De ese modo, se convirtió en un equipo en el exilio, con características inéditas, como la de tener un entrenador —el francés Sébastien Migné— que jamás pisó el país por lógicas razones de inseguridad. La turbulenta realidad haitiana ni siquiera permitió una conferencia de prensa cuando asumió, en 2024.
El plantel se compone mayoritariamente de jugadores nacidos en Francia, hijos de padres haitianos exiliados. Les siguen en número los futbolistas nacidos y criados en el país, y luego los que nacieron en Estados Unidos, Canadá y la isla de Guadalupe. Es un seleccionado de la diáspora, un rompecabezas que pudo entrenarse poco y ni siquiera en su propio territorio, pero que, a la vez, se convirtió en el equipo de la esperanza y la resistencia, símbolo de un resurgimiento necesario para millones de habitantes de la mitad occidental de la isla La Española.
El gran mérito de Migné fue haber logrado amalgamar jugadores convocados desde procedencias tan diversas, prácticamente vía home office, a través de videoconferencias y un seguimiento permanente. Aun así, nada de esto habría sido posible sin el sentimiento conmovedor de los futbolistas, entre ellos Jean-Ricner Bellegarde, del Wolverhampton Wanderers de la Premier League, quien sintetizó ese compromiso al decir: “Me comprometí con un grupo, un equipo, una familia, mi nación. Agradezco al pueblo haitiano todo su apoyo”.
Las expectativas futbolísticas son mínimas para el equipo caribeño, tan reducidas como las que se le atribuían antes de clasificar. Sin embargo, haber llegado a un nuevo Mundial después de 52 años y con todo en contra tiene el aroma embriagador de las gestas. Para los haitianos, es una luz de esperanza, la prueba de que el país no está muerto.
La victoria por 2-0 ante Nicaragua, que le dio el pasaje al Mundial el 18 de noviembre pasado, coincidió con la conmemoración del 222º aniversario de la batalla de Vertières, el enfrentamiento decisivo contra las tropas napoleónicas por la independencia de Haití. Por eso, hinchas y dirigentes denominaron a ese partido “la batalla decisiva”, una coincidencia alentadora para el país más pobre de América.

