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Una noche de ballet: Messi, la pelota y un amor incondicional

Un usuario de Mundo D escribió un texto en el que cuenta, de forma metafórica, cómo nació el amor entre una pelota de fútbol y Lionel Messi.

18 de noviembre de 2012 a las 06:29 p. m.
Una noche de ballet: Messi, la pelota y un amor incondicional
Una noche de ballet: Messi, la pelota y un amor incondicional. (Foto: AP)

Luis Lema, usuario de Mundo D, se animó a escribir este texto sobre la pelota y su amor con Lionel Messi.´

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El espejo de pie de la habitación de mi abuela Cuca fue el testigo inmóvil de mi primer Grand Jeté  ( paso de baile) y del sopapo estampado por mi padre al descubrir mi afición  por la danza clásica. 

Corría el verano del 90 y en Bell Ville –mi lugar en el mundo- sólo se hablaba de fútbol con la esperanza de que el inconsciente colectivo impulse a la selección Argentina a ganar su tercer mundial. El tano Ferreti (mi viejo) hombre bueno pero de limitadas conexiones intelectuales, además de su hipertrofiada pasión futbolera; abrazaba una fe religiosa católica intransigente que solía declamar se debía a un parentesco lejano con el papa Pio  Nono, nacido en Ancona como su abuelo, y visitante de BellVille en su etapa de obispo en una misión apostólica a Chile. Todas esas conexiones espaciales le conferían una palabra autorizada en el ámbito de la iglesia y a nivel familiar. En casa el destino de  cada uno de sus 9 hijos estaba trazado desde la cuna: los hombres al fútbol y las mujeres a la iglesia como colaboradoras del párroco o como religiosas. 

Ser Bailarina  lo consideraba excesivamente superficial y propio de una mujer “fácil”; y aunque mi pasión por el baile inspirada en Margot Fonteyn poco le importaba, por primera vez recurría a la agresión física para expresar su desacuerdo con la danza.  Lloré amargamente esa tarde con el único consuelo de la mirada de mi abuela y la convicción de que iba a ser bailarina.

Los días posteriores al injusto castigo, el mutismo era mi mejor arma, sentía que debía ser como la araña que teje su vida y luego vive en ella; una especie de soñador que vive su sueño, el impulso natural llevado al escenario de la vida donde podía ser Anna Pavlova  y su delicado arabesque o Isadora Duncan y su desenfrenada y minimalista expresión corporal o mi admirada Margot vibrando de emoción con Nureyev. Nadie puede robar tus sueños ni invadirlos.

Mis hermanos pasaban su vida en el club Atletico y Biblioteca  Bell Ville usando sólo las instalaciones deportivas ya que como siempre decían “la biblioteca da alergia por tantos libros viejos”. Mis dos hermanas mayores, ayudaban en la casa, en la parroquia y en los grupos juveniles asociados a la iglesia; con la venia paterna para unirse a alguna congregación de monjas en un futuro cercano. Me llevaba relativamente bien con todos aunque nuestras charlas monocordes no contenían más de veinte palabras. 

Una tarde en un arrebato fraternal mi hermano mayor me confesó que su locura futbolera trascendía fronteras y que no iba a declinar hasta debutar en primera y jugar en Europa; todavía recuerdo sus palabras: “Detrás de todos los seres hay una verdad oculta, así como el agua algún día descubrió que moja yo descubrí que nací para el fútbol y vos hermanita para la danza”. Por primera vez me sentí comprendida y supe que mi vida continuaría lejos de mi tierra. 

Los detalles de la huida de casa prefiero enterrarlos en mi memoria, sólo recuerdo el amor cómplice de la mirada de mi abuela cuando en la madrugada de los últimos fríos del milenio escapé en busca de mis sueños. La primera escala fue en Rosario y su puerto me impulsó al viejo mundo. Trabajé en casi todos los oficios de inmigrantes estudiando y practicando en la academia en mis pocas horas libres. Estaba viviendo “mi verdad” lo que hacía tolerable mi desarraigo. Las lesiones nunca fueron un freno, supe que mi estado de conciencia pura me permitía sobrellevarlas y pasar a otra etapa. 

El esfuerzo es in negociable es una frase que me marcó durante el aprendizaje y por el esfuerzo llegué al día soñado de mi vida; el día del debut en una noche de ballet. El 10 de Marzo del 2007, en Barcelona  mi cuerpo estremecido se preparaba para el baile de mi vida. No era ansiedad lo que sentía; el fuego sagrado tantas veces mencionado por mi viejo corría por mi cuerpo agotando como un soplo, los temores y las dudas.

Mi postura inicial tantas veces ensayada se desvaneció en un delicado movimiento anárquico que generaba el asombro y la ovación del público desde el primer minuto. El  primer contacto con el ángel de la danza, Lionel, superó toda estética preestablecida. Sus ojos convencidos y su elevación del suelo con pausa incluida en el aire anunciaban el estado de una noche inmortal. Me incorporé a sus caricias y sentí frenéticamente el atma de mi existencia. Supe que siempre viviría dentro de él, como tiempo después lo expresara Galeano. La fiesta extasiada de las gradas acompañaba el desenfado de la estética al servicio del arte que vivíamos en la alfombra de los sueños. Tres ovaciones con lágrimas incluidas por haberlo visto todo fueron el corolario de una noche única.

Nunca más pisé un escenario. Toda la vida es un campo unificado de conciencia infinita. Descubrí en esa noche única el sentido de mi ser. Algún día del siglo 19 nació  en Ancona   un tal Angelo Messi  que cruzó un océano para que naciera en Rosario la magia como expresión del fútbol. Nació Lionel y ahora vivo para siempre con él, y por él descubrí al fin, que soy una pelota de Bell Ville que siempre quiso vivir una noche de ballet.

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