Tarde de paz en Sudáfrica
Clinton fue a alentar a EE.UU. Estuvo junto a Blatter. En un mismo estadio pudo verse a argelinos musulmanes, judíos estadounidenses, sentados a metros de distancia, riéndose y saludándose. Todo el “color” del Mundial está en MundoD.
De un lado, un judío con kipa y con la bandera de Estados Unidos colgada en su espalda. Del otro, una mujer musulmana con el velo islámico en su cabeza y una bandera de Argelia. En el cielo, un helicóptero del ejército de Sudáfrica dando vueltas sobre el estadio Loftus. Y enfrente, Bill Clinton preparado para ver un partido del Mundial. Linda tarde para ir a la cancha.El 21 de junio de 1998, la selección de Estados Unidos se había cruzado, por última vez, con un país de los que siempre ha tenido entre ojos. Aquel día, jugó frente a Irán (y perdió 2 a 1) mucho antes de lo de las Torres Gemelas, del "eje del mal" y de todas las amenazas de atentados contra blancos relacionados con los norteamericanos.Luego, hasta ayer, los muchachos del Tío Sam no se habían vuelto a ver en un Mundial con un país árabe y musulmán. Justo se vinieron a encontrar en África.Pero los pueblos no suelen ser sus gobiernos, al menos no en el deporte. Ni siquiera un silbido hiriente para el Himno de los Estados Unidos, ni siquiera un abucheo al anuncio de cada jugador americano. Y eso que el estadio estaba a tope de argelinos, tan gritones como histriónicos, con las caras pintadas y las manos llenas de botellas de cerveza.
Caminando juntos, propios y extraños, las entradas se abarrotaron de hinchas de los dos países. Sin diferencias. Es ahí cuando los prejuicios desnudan sus estructuras mentales, metidas hasta el hueso por medios de comunicación interesados y por gobiernos oportunistas. Allí no había odios ni rencores.
Argelinos musulmanes, judíos estadounidenses, sentados a metros de distancia, riéndose y saludándose.
Es cierto que ayer hubo un operativo de seguridad un poco más estricto (en el centro se cortaron las calles mucho antes de llegar a Hatfield; y en el estadio, había vallas y policías donde, en otros partidos, no los había). Pero no mucho más que en los últimos días.
Es que los chequeos se han ido relajando de a poco. Tanto que el día de Argentina-Corea del Sur, Mundo D ingresó al Soccer City sin que nadie le pidiera las credenciales, le revisara los bolsos ni le exigiera que pasara debajo del detector de metales. ¿Por qué? Porque las puertas habían sido abiertas, pero los encargados del control no habían tomado sus puestos.
Una fiesta
Meses atrás, Al Qaeda había amenazado con atacar el estadio de Rustemburgo, en el que jugaría Estados Unidos frente a Inglaterra, y luego se había dicho que selecciones como Francia, Alemania e Italia también estarían en la mira. Era un hecho conocido que habría tensión en el ambiente.
Pero ayer el partido fue una fiesta, más allá de la frase hecha. Cientos de argelinos caminaban por una vereda de la calle Burnett rumbo a la cancha con esas bellas banderas blancas (la pureza) y verdes con la media luna y la estrella rojas (el Islam). Tocaban sus vuvuzelas a cada paso. Por la otra, los yanquis cantaban su "iuesei" con sus paños blancos, rojos y azules llenos de estrellas.En el Loftus esperaba el ex presidente de los estadounidense Bill Clinton. Junto a Joseph Blatter, mandamás de la Fifa, mirarían el partido desde el palco de honor. Todo en una de esas tardes que no abundan, de calor, sol, de miércoles de trabajo como en tantos lugares del mundo.Luego, las selecciones protagonizaron otro de esos bodrios que tiene este Mundial. El juego tuvo intensidad, pero poca emoción hasta el segundo tiempo, cuando Estados Unidos, consciente de que quedaba afuera, salió a quemar naves. Y logró la clasificación en el primer minuto de descuento, cuando Donovan clavó una pelota suelta en el área.La popular yanqui voló en pedazos. Fue una explosión de pasión inesperada, viniendo de un país sin tradición ni historia grande en los mundiales. Sus mujeres, varias, se sacaron las remeras y en corpiño comenzaron a correr por los costados de la cancha. Del otro lado, los hinchas argelinos (que no son de madera, podemos asegurarlo) empezaron a descolgarse de las plateas bajas.
Digan que la seguridad actuó rápido, mandando a las jovencitas de vuelta a su lugar. Digan que la barbarie sólo parece vivir en países como el nuestro porque una chispa así en la cancha de Boca, pongámosle, hubiera desatado un incendio descomunal.
Y todo terminó. Clinton gritó como un barra cualquiera y se quedó sacándose fotos (lo que le permitía la seguridad) y besando bebés. Los estadounidenses cantaron y cantaron, como campeones del mundo; y los argelinos dejaron el estadio con la vista perdida y una bronca contenida ante tanta impotencia. Siempre, claro, con alguna botella de cerveza.
El helicóptero voló hacia el horizonte y la noche se comió a la tarde. Volvió el frío y el estadio quedó vacío, otra vez. Los controles cerraron sus detectores de metales, los guardaron y se despidieron hasta el viernes, cuando jueguen ahí España y Chile. Linda tarde para ir a la cancha.

