Sudáfrica 2010: No habrá otra igual
Sudáfrica le dio fuerza a su selección con el incansable sonido de las vuvuzelas que invadieron las calles de Sandton, un barrio de Johannesburgo.
Pretoria. Sudáfrica tiene un arma muy potente que la sacará a relucir desde este viernes, primero para dejar una marca única en los mundiales y segundo para ayudar a que sus Bafana Bafana, la selección de fútbol local, llegue lo más alto posible en su Copa del Mundo.
Las vuvuzelas, de esa arma secreta se trata, hicieron su presentación "oficial" el jueves en las calles de todas las ciudades sudafricanas, donde millones de ciudadanos salieron al mediodía a darles una muestra de afecto y respaldo a los futbolistas de su selección. Con el Bafana Bafana Day, o sea el día de la selección de fútbol sudafricana, el Mundial comenzó a vibrar definitivamente en cada rincón de este país. Fue una fiesta increíble con gorros, sombreros, bufandas, camisetas y las infaltables vuvuzelas, fiesta que tuvo su punto central en Sandton, un exclusivo barrio que está a las afueras de Johannesburgo rumbo a Pretoria, y por donde el miércoles, en un ómnibus sin techo, desfilaron los integrantes de los Bafana Bafana, comandados por su entrenador, el brasileño Carlos Alberto Parreira. Todo eso fue a sólo 48 horas de su debut, el viernes frente a México en la inauguración mundialista. Pero, además de los futbolistas locales, la gran protagonista fue la vuvuzela, esta trompeta que se ha convertido en la vedette del Mundial. Al mediodía, las calles de Pretoria ardían bajo el sonido insoportable, que bien describen quienes dicen que se asimila a una invasión de abejas gigantes. Hasta había algunos sudafricanos que no podían soportar tanto ruido. La vuvuzela (vocablo zulú que significa "hacer ruido" o "baño de sonido") puede dejar serias secuelas en el aparato auditivo debido a la intensidad del ruido que genera. A tal punto, que en algunos puestos se vende a unos 4 pesos argentinos los tapones de oídos para protegerse, y algunos hoteles los ofrecen como gentileza.
Antonio Dos Santos, un mejicano de 15 años que llegó junto a un grupo de 80 aztecas a alentar a su selección y están alojados en Pretoria, no podía entender semejante ruido de las trompetas. Atónito, observaba cómo un ómnibus de dos pisos al estilo inglés pero pintado de blanco y repleto de simpáticas negras corneta en mano, comenzaba a rodar su inmensidad rumbo al centro pretoriano desde una de las esquinas más concurridas del barrio de Hatfield, el mismo donde se hospeda la selección argentina. Y 100 metros más allá, los medios se hacían un festín con una multitud eufórica que obligó a cortar el tránsito.
Los mejicanos, que llegaron predispuestos a divertirse a tal punto que en la madrugada del miércoles gritaban al ritmo del alcohol ("Estaban emocionados", graficó Antonio) y anoche cantaban y bailaban vestidos como mariachis en el bar del hotel, se prendieron a la fiesta con la misma devoción que los locales y que las decenas de argentinos que esperan el debut de su selección. Por la tarde, hinchas "normales" de Argentina habían tapizado con banderas los alambrados aledaños a la concentración. "Un sueño hecho realidad", rezaba una gigante que puso Marcos, de Acasuso. Además, había de Lugano, Santa Teresita, Posadas, San Juan, Rafaela, Río Gallegos y Esperanza. "Esto es único", decía Martín Barg, porteño que vive en Londres.
odos, sudafricanos, argentinos, mejicanos y los miles que siguen llegando, con la misma ilusión: vivir la fiesta. Y bajo el mismo sonido: el perforador de las vuvuzelas.