Sudáfrica 2010: era fantástica la fiesta...
Una mágica fiesta generada por el fútbol y que saca a las personas de su vida común y las transforma, por unas horas, en niños despreocupados y felices.
¿Cuántos cronistas, qué dotación de fotógrafos, cuántas cámaras se necesitaron para abarcar la fiesta que fue el sábado, desde las 10 de la mañana hasta la hora del partido, el centro de Ciudad del Cabo?
Imagínese la Hipólito Yrigoyen desde más allá, cuando todavía es bulevar San Juan, hasta la Ciudad Universitaria, convertida en una corriente humana multicolor y se dará una idea de lo que fue la extraordinaria marcha hacia el Green Point Stadium.
Sólo será una idea de magnitud porque no es posible imaginar en Córdoba el multifacético espectáculo de esta fiesta global. Alegría expansiva, sin dramas ni reproches, un afán de disfrutar, cada uno a su manera, del simple acto de ir a la cancha.
O de buscar las pantallas gigantes que cobijaron a aquellos que se quedaron sin entradas. O simplemente en los bares, en las puertas de los restaurantes, confiterías y pubs que Ciudad del Cabo ofrece en cantidad y variedad.
Una mágica fiesta generada por el fútbol y que saca a las personas de su vida común y las transforma, por unas horas, en niños despreocupados y felices.
Sí. Era fantástica la fiesta, hasta que empezó la pesadilla que nos tenían reservada Muller, Klose y compañía.
¡Qué manera de pisotear una ilusión!
La esperanza había picado en punta cuando faltaban minutos para el mediodía. La cabeza del desfile se tiñó de celeste y blanco y de cantitos que auguraban la anhelada vuelta olímpica.
Vaya a saber cuál era el nacimiento de ese río humano que se iba nutriendo a medida que atravesaba el centro, por Shortmarket, luego por Long street hasta desembocar en la ancha avenida Waterkant que lleva al mar, previo paso por la “Budinera” de Green Point.
El caleidoscopio tenía de todo. Dabas una vuelta y aparecían tres sudafricanos blancos ataviados con cascos de mineros, con figuras futboleras y banderas de Argentina, de Sudáfrica y de Alemania; otra vuelta y eran niños invariablemente descalzos (y esta vez no estamos hablando de la pobreza, que se asoma en alguna que otra mano tendida pidiendo limosna en medio de tanta algarabía).
Los padres de aquí son tan concesivos o más que los de allá y los chicos andan sobre sus hombros con las piernitas colgando y los pies en libertad. Felices porque tienen ese hombrote protector y porque desde allá arriba lo ven todo.
Otra vuelta y aparecen bufandas, gorros, sombreros y enormes anteojos. Todo vale como makarapa, disfraz típico de los hinchas sudafricanos, tan típico como la infaltable y molesta vuvuzela que aturde desde todos los rincones.
Cualquiera puede cansarse en la caminata de tres kilómetros hasta el Estadio. No importa, A cada paso encontrará una tentación y la más fuerte (y accesible y rápida para no perder el tren) son las rabas fritas con limón, acompañadas con papas fritas y servidas al paso como los fritos sevillanos, sólo que en cajitas de plástico.
Eso, más una Coca, cuesta 40 rands (20 pesos). “A las rabas, muchachos, fresquitas las rabas”, sería su eslogan publicitario, inimaginable en las canchas argentinas. También hay tiempo para sacarle fotos a una vuvuzela gigante que escupe fuego en lugar de su monótono berrido.
Los goles tan fáciles que consigue Alemania hasta llegar a cuatro dejan mudos a los argentinos y a los muchos sudafricanos que se habían sentido cautivados por Maradona y sus muchachos.
La tristeza de ellos dura poco y pronto vuelven a hacer sonar sus cornetas. La nuestra durará cuatro años, por lo menos..
