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Sudáfrica 2010: el que no salta es un inglés

El salto de Pretoria a Ciudad de Cabo muestra dos realidades diferentes. Aquí estuvieron los de Capello en su paso por le Mundial.

30 de junio de 2010 a las 07:07 a. m.
Ángel Stival, especial desde Sudáfrica
Sudáfrica 2010: el que no salta es un inglés

Ir de Pretoria a Ciudad del Cabo es como dejar Córdoba para instalarse en Mar del Plata. Entre la mediterránea capital administrativa de Sudáfrica y la subyugante población marítima, cargada de sugestiones al primer vistazo, media un abismo.

Claro que a la solemne Pretoria le faltan la belleza de las sierras (las suyas son más bien áridas), los lagos, los arroyos de agua cristalina y la tonada. Y a Ciudad del Cabo le sobra historia y entorno para ser algo más que una ciudad balnearia con casinos y buenos restaurantes.

Por aquí anduvieron los portugueses, en el tiempo de los "descubrimientos". Cuando el clarividente (o extraviado) Cristóbal, afirmando la redondez de la tierra, buscaba navegando hacia Occidente el codiciado camino de las Indias (por aquello de las especies y otras delicias prometidas por la India y China), los portugueses fueron muy prácticos y tomaron el rumbo más corto.

Así fue como, unos años antes de que Colón hallara sus propias “Indias”, Bartolomé Dias dio la vuelta al Cabo de la Buena Esperanza, dejando a su paso un tendal de khoikoi, pastores bosquimanos que no querían saber nada con estos barbudos empenechados.

No estamos en condiciones de dar clases de historia, así que bástenos consignar que la primera colonia estable aquí fue la Compañía Holandesa de la India Oriental (1647), los primeros boers (granjeros en holandés).

A principios del siglo 19, cuando los ingleses recorrían los mares del mundo como pancho por su casa, hicieron aquí lo que no pudieron hacer en Buenos Aires. Un poco por pactos de familias reales y otro poco por la fuerza, se apoderaron de Ciudad del Cabo y no la soltaron más hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

Así que dejaron huellas profundas que se ven a simple vista en Victoria y Waterfront, el Sea Point donde pululan los pubs, los quioscos coloridos y la arquitectura inglesa, incluida, claro está una torre con reloj, en Clock Tower Square.

Entonces, para comer, uno puede optar por el Ferrymans, dónde el pescado con papas fritas y garlic bred (pan con ajo), cuesta 90 rands por persona (45 pesos) o el Bahía que promete sabores portugueses o brasileños para más adelante.

Por aquí habrán andado con seguridad, los hinchas ingleses, a los que no vimos nunca y tampoco veremos porque Inglaterra se fue de la peor (o de la mejor) manera: goleado, humillado y estafado.

De todos modos, cuando dentro de pocas horas, se empiece a escuchar el clásico estribillo argentino "el que no salta es un inglés", habrá muchos observadores quietos, sea por ingleses o simplemente porque no entienden ni jota de lo que cantan esas hordas. Estamos en otro mundo, a 1.400 kilómetros de Pretoria. Mejor, salvo porque el infaltable y luminoso sol de Pretoria es aquí un típico temporal de invierno, con viento frío y llovizna, que amenaza extenderse hasta el fin de semana, cuando Argentina intentará, ante la infaltable Alemania, en la imponente budinera de Ciudad del Cabo, quebrar una racha que nos persigue desde 1990.

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