Suárez, la figura que debe ser y todavía no es
No habían pasado muchos minutos del segundo tiempo. Tobías Figueroa pateó la pelota como para hacer un drop en una final de rugby. Lo hizo desde una posición defensiva, atrás de la mitad de cancha, casi como un volante derecho retrasado. El viaje del balón duró una eternidad; pareció tocar el cielo y bajó. Y 30 metros más adelante la recibió Matías Suárez.
Suárez, la figura que debe ser y que todavía no ha podido ser, hizo un par de gambetas, dejó desparramado en el piso al arquero Campaña y remató al arco. En la línea de gol, providencial, estaba Jonás Gutiérrez para desviar el disparo al córner. Y por su gesto que tuvo mucho de gesta, la multitud no pudo gritar el gol, que iba ser un gran gol, el gol que tanto anda dando vueltas y que tanta falta hace en Alberdi.
Esa jugada quizá resuma lo que es el Belgrano de estos días. Es, por un lado, una tormenta de esfuerzo y de precariedades, un mensaje de compromiso y de limitaciones, una postura de lucha inclaudicable cuyo juego carece de la técnica necesaria como para encaminarse con seguridad al triunfo. Y es, por otro lado, esa perlita única, ese oasis de inspiración que es Suárez, poseedor de un bien demasiado escaso en un ambiente ansioso por una alegría.
Contra Independiente se reafirmaron un par de datos: Suárez, cuando adquiera su mejor forma física, deberá bordar sus movimientos a no más de 30 metros del arco rival. Y si es posible, bien cerca del área. En ese lugar donde el foul vale doble y la creatividad paga en euros.
Y “el Marciano” Ortiz, necesariamente, por su empatía natural con Suárez, dueños de los botines más sensibles del equipo celeste, deberá convertirse en la conexión que resuelva, en primera instancia, lo que el ex-Anderlecht tendrá que determinar cuando se ponga de cara al arco rival.
Lo demás vendrá por añadidura. Se agregará la dosis necesaria de fervor que (se descuenta) el equipo pondrá siempre en la cancha, y el equilibro colectivo, el trabajo en conjunto, la dosis imprescindible de disciplina táctica que paulatinamente deberá incorporar para hacerse más impermeable a las ambiciones ajenas. Independiente, tuvo por lo menos, seis situaciones clarísimas de gol. Un ejecutor más frío habría resuelto el lance sin dar oportunidad a la esperanza. Belgrano la conservó hasta el final, sanguíneo e indomable, en una lucha interna contra sus propias limitaciones y con las de un adversario aún con los resabios de un buen momento en la Copa Sudamericana.
Matías Suárez debe convertirse en el eje del equipo. Y Pablo Lavallén, hacerlo girar, lo más aceitado y compacto posible, en torno suyo. Todavía es posible.

