Son vecinos y sus casas están pintadas de Belgrano y Talleres
La historia de los hermanos Juan y José Gómez. Uno es de Talleres, el otro de Belgrano y pintaron los frentes de sus casas con los colores de sus clubes. Un ejemplo de tolerancia y folclore bien entendido en tiempos de huelga futbolera.
En Spilimbergo y Cardeñosa, en barrio Santa Cecilia, Córdoba, se juega un Belgrano-Talleres, un Talleres-Belgrano a cada rato. Es un clásico constante, aunque el fútbol argentino de Primera División sigue en huelga y sin acción hace casi 80 días.
Justo en esa esquina y frente a una rotonda donde siempre parece que en la próxima vuelta habrá un choque, se muestra a flor de piel el folclore del fútbol cordobés.Es que, exactamente allí, conviven dos familias, la de los hermanos José y Juan Gómez, que pintan de cuerpo entero al futbolero nuestro. Al "negro" de cancha. Al que ama su camiseta casi tanto como a la vieja. Son los que salen a la vereda a tomar mates con la camiseta puesta. Los que llevan tatuados en el corazón a Belgrano y a Talleres. Pero sí, son vecinos más allá de ser familia. Buenos vecinos, para ser más certeros.
Y eso llama la atención de cualquiera que pase por allí, aún en hora pico y cuando el estrés no permite levantar la cabeza para otear el panorama.
Justo en esa esquina de la Docta, hay dos casas pegadas pintadas de Belgrano y de Talleres. Separadas por nada. Apenas una pared finita sin revocar, que divide a los Gómez de Belgrano y a los Gómez de Talleres. Que conviven en paz y armonía.
Con ese nuevo pasatiempo de los fanáticos de los clubes de pintar murales, y también con los problemas de “convivencia” que eso trajo en Córdoba, aquí se da un ejemplo de tolerancia.

Los unos y los otros
“Los murales no se tocan. De acá para allá está el de Talleres, en la casa de mi hermano, y de allá para acá está el mío, en mi casa. Se convive con respeto. Vivimos el folclore lindo del fútbol. El que se disfruta”, cuenta José Gómez (49 años, ex jugador de la Liga Cordobesa en Unión Florida y empleado administrativo en el colegio secundario José Malanca), el piratón de la familia, que le transmitió a los suyos esa misma pasión.
En esa casa todos son de Belgrano: su mujer Paola Portugal, sus hijos Rodrigo y Franco, y también su nuera, Flavia.
A unos centímetros viven los Gómez de Talleres, encabezados por Juan (48 años, también ex jugador de la LCF en Unión Florida y empleado público en el Ministerio de Educación).Todos los que viven bajo su techo son de la "T". Su señora Claudia y su hijo Enzo. Aunque hay una excepción.
“Mi hija Andrea, que no vive con nosotros, me salió de Belgrano. Y tengo un nieto, Thiago, que también ya es Pirata... Ya lo llevaban a la cancha cuando estaba en la panza de su mamá. Que le vamos a hacer, eligieron mal”, se ríe Juan.
Con sus propias manos, pintó el mural que viste a su vivienda y que tiene una historia particular. Es un homenaje a Nahuel Bustos, un pibe que se hizo jugando en un potrero que quedaba justo frente a la vivienda de los Gómez (ahora ese espacio está edificado).
Y como Bustos ya está en la primera de Talleres y formó parte de los planteles que ascendieron a Primera, decidieron hacerle ese mural con su figura.
“El mural lo hice con un amigo, Gustavo Salazar. Yo nunca había dibujado ni pintado. Pero salió. Lo conocemos a Nahuel, jugué con su papá. Soy muy amigo de la familia. Él se crió jugando acá en el barrio, en el potrero. Lo queremos mucho y quisimos hacerle este homenaje. Es un pibe bárbaro. Le tenemos mucha fe. Ojalá Talleres lo pueda disfrutar mucho, porque es crack”, cuenta Juan, que eligió una frase para acompañar la figura del juvenil Bustos.

“Te amé, te amo, te amaré, aunque pasarán 100 años y mi corazón ya esté cansado y quiera dejar de latir, quiero que sepas que mi último latido será para ti”, dice la leyenda, acompañado del escudo de la “T”.
“La frase la pensé porque en una época estuve mal de salud y hasta en los peores momentos siempre estuvo presente Talleres. La he pasado muy mal y he sufrido mucho por el club. Por eso ahora no estoy yendo a la cancha. Lo veo acá en casa, con amigos. Reniego desde acá. Talleres es todo”, agrega Juan.
"Ahora lo veo muy bien al club con esta conducción, estamos volviendo a las fuentes. Y sí, un poquito me pica el bichito de volver al estadio. Vamos a ver, quién te dice...", duda.Aníbal Gómez, el padre de Juan y José, no era futbolero. Pero sus hijos se enamoraron de la pelota en los campitos de la zona y luego el corazón de uno fue para barrio Jardín y el otro para Alberdi.
José se quedó con la casa paterna, la cual “Belgranizó”; mientras que su hermano Juan edificó justo al lado y esa casa hoy lleva los colores del Matador.
“La gente viene y se saca fotos. Muchos que pasan se quedan mirando y no entiende nada. Pero acá nunca hubo problemas. Es más, cuando yo estaba terminando de pintar el mural de Talleres, justo mi hermano arrancó a pintar el de Belgrano y todo más que bien. Además, cuando juega Belgrano, la barra pasa por acá y nunca pasó nada. Hay mucho respeto”, aporta Juan.
José buscó a la gente de “Arte Pirata”, que son quienes han pintado gran parte de los murales de Belgrano en la ciudad. Y junto a ellos decoró su vivienda con un “CAB” gigante.
“Belgrano es un sentimiento muy difícil de explicar. No me entenderían. Belgrano es el pueblo. Es la pasión, el hincha verdadero. Y Alberdi es el paraíso, paso por ahí y se me pone la piel de Talleres”, dice José, con un par de ojos negros que amagan con lagrimear.

“Por ahí sin querer estamos demostrando que se puede convivir con el rival, no somos enemigos. Somos dos clubes que se necesitan para vivir, uno con otro. Es lo que pasa con mi hermano Juan. Tenemos que entender todo eso para que ahora en los clásicos lo vivamos con tranquilidad”, agrega este petiso que jugó siempre de delantero y hoy sigue despuntando el vicio junto con su hermano en un equipo de veteranos llamado “Borussia”, que tiene 30 años de existencia y amistad inquebrantable.
“La idea de ellos fue demostrar que se puede convivir. Es lo lindo del fútbol, que se respete al otro”, dice Claudia, la mujer de Juan, con una remera de la “T” en el cuerpo. “¿Si acepté rápido a que hagan el mural? Mejor no te contesto”, se ríe la patrona.
José invita un mate y habla de su Belgrano: “Lo veo institucionalmente muy bien, pero a los jugadores le falta sentir la camiseta. Jugar en Belgrano es tener fuego en el pecho, hermano. Yo voy a la cancha siempre y últimamente jugamos fiero. Cuando volvamos a Alberdi volveré a ser socio. El Kempes es muy frío”.
Juan cuenta que se hizo de Talleres apenas vio jugar al Matador en su época dorada, por el “buen fútbol”. A José lo hicieron de Belgrano los amigos del barrio que lo llevaron una tarde en la parte trasera de un camión, con 12 años, al Gigante de Alberdi.
En ese instante, cada uno se paró en una vereda distinta de la vida. El destino los terminó juntando. Justo ahí, en Spilimbergo y Cardeñosa.
Esa esquina de Córdoba donde el clásico Talleres-Belgrano se juega (y se disfruta) a cada rato.
Siempre.