Seshego también es Mundial
Sin blancos en el Mundial de Sudáfrica. Hoy Argentina juega en el pueblo más grande de Polokwane, que durante el apartheid fue una reserva tribal de “no blancos”. Hoy tampoco se los ve en la calles.
Polokwane. Un hombre, sentado en la banquina de la autopista M1, vende bidones de plástico. Ya lo dijo el maestro Ryszard Kapuscinski, que no hubo nada en África más revolucionario.
Con los bidones (livianos, duraderos, aguantadores), el agua, aquí un tesoro líquido, pudo ser almacenada y transportada fácilmente a lo largo de cientos de kilómetros del continente entre desierto y sabana.
Polokwane, la ciudad donde jugará Argentina hoy, es pura África. Su gente camina por la vera de la calle y se interna entre los matorrales que van rodeando la salida rumbo a Zimbawe. Son las 18. El frío se hace fuerte y el fuego está en cada esquina. Los tarros de lata mal cortados hacen de chimeneas enanas para cientos de negros que frotan sus manos, cubiertas de guantes desgastados.
El lugar se llama Seshego. Es el towship (pueblo) más grande de Polokwane. Fue, durante el apartheid, la capital del bantustán de Lebowa, uno de los 20 territorios convertidos en “reservas tribales” de “no blancos” en Sudáfrica. Increíble. Había sido creado en 1969, en 1972 se le dio autonomía y se comenzó a construir una ciudad, una especie de gueto urbano, para que allí vivieran los negros y que se llamaría
Lebowakgomo. Pero no hizo falta. Nelson Mandela terminó con semejante barbarie y en 1994 quedó disuelta toda división de raza.
A unos 15 kilómetros hacia el este jugará hoy la selección argentina. En el Estadio Peter Mokaba, que lleva ese nombre en homenaje a uno de los más acérrimos luchadores contra el apartheid nacidos en esta tierra. Tan fuerte fue aquí la discriminación, que desde esta parte de Sudáfrica nació la frase “Kill de boer, kill the farmer” (“Mate al granjero, mate al agricultor”) dirigida a los opresores.
Es imposible no sentirse observado. No hay blancos excepto los turistas. No hay idioma reconocible (aquí se entienden en “sesotho sa leboa”), excepto un inglés cerrado . No hay luces amigables, excepto las del hotel. Y en las calles, la soledad es absoluta. Se ven las casas de ladrillos ocre, de tejas rojas, de portones arrumbrados. Apagadas hasta un nuevo día.
Apenas algunos negocios de comida rápida tienen sus puertas abiertas. Detrás de una de las estaciones de servicio, uno vende hamburguesas de pollo.
Polokwane espera. Es una de las ciudades más futboleras del Mundial. Por cercanía con la África profunda y porque aquí casi no hay blancos.
El joven Cris acompaña a los recién llegados. Lleva apenas un rompevientos y dos ojos enormes. Ha tomado unas cervezas, se nota. Tiene 24 años y trabaja en el Hotel Luna de miel, frente a la central de policía. Habla de “Riquelme”, dice que es su jugador favorito. A su lado, esperando por una hamburguesa, un gordo calvo mira y no se aguanta. “A mí me gusta Milito”, dice.
Tranquilo
“Este es un lugar muy tranquilo”, afirma Cris, sonriente. Así parece. Pero no se ve nada. Sólo los resplandores de las fogatas lejanas y el humo que marca su lugar. Y las luces de los teléfonos celulares. Es que no hay nadie aquí que no tenga uno. Bidones y celulares, la revolución africana. Móviles de los más avanzados, de esos que se conectan a Internet, que tienen pantalla táctil. En un bar de cuatro metros cuadrados hay cinco.
Brilla desde los baldíos, también. “Caminar de noche por aquí puede ser peligroso”, advierte un cartel. Esto también es Mundial.
