River-Boca, más allá de la barbarie
Emocionante. Al margen de los incidentes fuera de la cancha, el clásico ofreció un partido intenso. El Millonario lamentó el empate y Boca lo festejó.
Fue una pena que una tarde tan llena de pasión, color y emoción como la que ayer se vivió dentro del estadio Monumental con una nueva edición del Superclásico se haya teñido con otra muestra de esa violencia desaforada que el fútbol argentino no puede (¿quiere?) eliminar.
La invasión de la tribuna visitante por parte de miles de hinchas de Boca que saltaron los molinetes y vieron el partido sin pagar sus entradas, los 25 guardias de seguridad privada heridos en esa misma tribuna tras una brutal pelea con la barra brava xeneize, los autos particulares vandalizados luego del encuentro por esos barras y las corridas, los palos y los gases lacrimógenos que la Policía Federal aplicó contra los hinchas de River que quisieron romper el cerco del operativo y llegar sin sus boletos a las puertas del estadio fueron las notas desagradables de una jornada en la que gobernaron el caos y el descontrol y la fiesta popular pasó a un segundo plano.Habían pasado 562 días desde que millonarios y xeneizes se vieron las caras por última vez por un torneo oficial. Demasiado tiempo para una rivalidad tan ancestral.Por eso, se esperaba con tanta ansiedad el superclásico de ayer. Y por eso también, el Monumental fue un fresco en rojo y blanco (y en menor medida, en azul y oro) de esa pasión que sólo puede entregar el partido más grande del fútbol argentino.Los hinchas de River llenaron cuanto espacio les fue ofrecido para llenar en tribunas, plateas y palcos. Hicieron sentir sus voces de aliento y agitaron sus banderas sin distinción de edades, sexos o condiciones económicas. Y hasta le dieron paso a la broma sana que suele contrastar con color y humor, el dramatismo y la histeria con la que tantos viven los sucesos del fútbol en nuestro país.El fútbol, presenteEs posible que a lo largo del tiempo y cuando decanten la bronca de River por el triunfo que se le convirtió en empate 2-2 en el último cuarto de hora y la excitación de Boca por lo inverso, el superclásico de ayer se recuerde por aquel chanchito inflable con la camiseta de Boca que sobrevoló la tribuna visitante en el entretiempo del partido y que la hinchada riverplatense acompañó al grito de "Riquelme-Riquelme".Hasta el fútbol acudió a la cita del reencuentro entre los dos gigantes. La previa abundó en pronósticos pesimistas respecto de lo que podía llegar a verse sobre el verde césped."Será un partido cerrado, sin emociones, los dos van a jugar a no perder" dijeron avezados observadores. Por suerte, nada de eso pasó. Y a partir del golazo de tiro libre de Leonardo Ponzio en concurso real con Agustín Orión al minuto y medio de juego, pudo verse un partido emotivo, vibrante. No siempre bien jugado. Pero a la altura emocional de lo que la multitud de uno y de otro fue a buscar.De principio a fin, desde aquel gol de Ponzio casi en la primera jugada de la tarde hasta el empate de Walter Erviti casi en la pelota final del partido, River y Boca ofrecieron noventa minutos calientes, de a ratos electrizantes. Y un contorno de sonido, calor y color popular que sólo ellos pueden brindar.Los millonarios se fueron lamentando el 2-2, los xeneizes se marcharon celebrándolo. Los violentos camuflados bajo las dos camisetas hicieron todo lo posible para ensuciar la limpia emoción de la tarde futbolera. Fue una lástima que lo hayan conseguido.
Más sobre el superclásico: