El retiro de los ídolos: que el último apague la luz
¿Quién se queda? En cuestión de días, Juan Sebastián Verón, Gabriel Milito y Esteban Fuertes les pusieron punto final a sus trayectorias como futbolistas. Juan Román Riquelme es el “sobreviviente”, en un fútbol que se está vaciando de referentes.
El fútbol argentino se emparejó. De eso no hay dudas. La sensación imperante, corroborada por calificados observadores externos que aseguran que nuestra liga principal ya no es una de las más competitivas del mundo, es que se niveló para abajo, lo que explicaría la pérdida de protagonismo de los llamados "grandes" –con la honrosa excepción de Boca, que deambuló algunos años hasta que se recuperó– y su lucha de igual a igual con el resto de los equipos.El éxodo de nuestros mejores valores al exterior, aunque hace rato que es una "canilla abierta", es la razón principal. No sólo el mercado europeo resulta seductor, sino también algunos destinos exóticos de oriente y otros más cercanos, como el mejicano y hasta el ecuatoriano o el chileno.
Sin embargo, pocos reparan en que la “chatura” general ha coincidido con el retiro de los “referentes”; entiéndase, aquellos nombres cuya sola mención los hace merecedores de un respeto que no reconoce hinchadas ni camisetas. Quizá no sea casual que la época en la que cada club tenía al menos uno haya coincidido con los últimos tiempos felices del fútbol argentino como potencia mundial.
En cuestión de días, hubo varias despedidas: Juan Sebastián Verón le puso fin a su excepcional trayectoria con la camiseta que lo eyectó a la constelación de las estrellas, la de Estudiantes de La Plata; Gabriel Milito, lejos del nivel que lo llevó al Barcelona, se dio el gusto de colgar los botines en "su" Independiente; y Esteban Fuertes, sin la proyección internacional de los dos anteriores, se despidió de los hinchas de Colón de Santa Fe con una vigencia poco común a los 39 años.
Próceres
Con 246 partidos en el Pincha, con 32 goles, “la Brujita” es un caso especial. No sólo consiguió cargar y revertir el estigma de que su padre –Juan Ramón “la Bruja” Verón– lo haya antecedido como uno de los máximos ídolos de la historia del club, sino que tuvo el gesto, poco habitual en el fútbol, de resignar mucho dinero para volver a Estudiantes y regalarle sus últimos años en el fútbol.
Pero su trayectoria tiene otros hitos: le tocó debutar e irse al descenso esa misma temporada (1993), pero también fue campeón el mismo año de su regreso al León (2006).
En el medio, Boca, Sampdoria, Parma, Lazio, Manchester United, Chelsea e Inter signaron una trayectoria de las más prolíficas entre los futbolistas de nuestro país, con 72 presencias en la selección nacional. Una figura de excepción, que dijo “basta” a los 37.
El de Milito fue un retiro anticipado. A los 31, se suponía que le quedaba mucha cuerda. Sin embargo, las lesiones fueron minando su cuerpo y sus posibilidades.
Debutó en Independiente en 1997, con sólo 20 años, y fue campeón en 2002, antes de transitar el circuito europeo. Jugó 150 partidos en el Zaragoza y, en 2007, recaló en el Barcelona, donde creció con el plantel que escribió las páginas más gloriosas del fútbol mundial, con el que cosechó 10 títulos. Hace un año, cuando volvió al Rojo, despertó muchas expectativas.
No fue el mismo, es cierto; pero la gente no dejó de reconocerle su esfuerzo en un momento difícil de la institución y, en gratitud, le tributó una ovación antológica el domingo pasado. También dejó todo en las 41 ocasiones que vistió la albiceleste de la selección nacional.
El del “Bichi” Fuertes quizá sea, en su vínculo con la gente, el más pasional de todos los casos. Aunque jugó en el exterior (lo hizo en el Lens de Francia, el Derby County de Inglaterra, el Tenerife de España y Universidad Católica de Chile), siempre se lo consideró un delantero “de cabotaje”. Jugó en tres de los “grandes”: Independiente, Racing Club y River; pero su “casa” en el fútbol es y seguirá siendo Colón: disputó 301 partidos en el equipo rojinegro, con el que marcó 142 goles.
En toda su campaña, la cifra se estira a 525 partidos y 228 conquistas.
De la generación que marcó a fuego la última década y algo más, sólo la vigencia de Juan Román Riquelme nos permite decir que no somos huérfanos. Los ídolos son una especie en extinción porque, para pertenecer a ese selecto grupo, no alcanza con las condiciones deportivas (habilidad, oportunismo, etc.), sino que, además, hay que prodigar un amor por la camiseta que no abunda porque no cotiza en el mercantilizado mundo del fútbol.
Tal vez tengamos la chance de volver a ver, aunque sea por un partido, a Ariel Ortega con la banda roja surcándole el pecho, a modo de homenaje; o disfrutar de un eventual regreso de Pablo Aimar a nuestras canchas; pero no mucho más. El vacío que viene después debería preocupar a un fútbol que necesita recuperar atractivos para volver a crecer.

