A puro color. El recibimiento y el aguante de la gente de Talleres en el clásico ante Instituto

La gente de Talleres llenó de color el Mario Alberto Kempes en el clásico ante Instituto. Imponente marco para el duelo cordobés.

12 de marzo de 2026 a las 07:46 p. m.
El recibimiento y el aguante de la gente de Talleres en el clásico ante Instituto
Talleres e Instituto se enfrentaron en el estadio Kempes por la fecha 10 del Apertura 2026.

Fue un gran Talleres-Instituto. Como el clásico se jugó en jornada laboral y a la hora de la salida de los laburos, la gente demoró en llegar al Kempes. Al momento de iniciarse el juego, el estadio estaba cubierto en un 80 por ciento por los hinchas albiazules, pero no colmado. Los matadores, con las tribunas a su disposición al no haber público visitante, se predispusieron a hacerle sentir la presión a Instituto desde el ingreso de los jugadores albirrojos al calentamiento precompetitivo.

Dos enormes trapos que se extendieron a lo largo de la Plataea Gasparini, con las inscripciones “La historia del fútbol de Córdoba la escribe Talleres” y “Grande por su historia, Gigante por su gente”, fueron los lienzos que más se hicieron notar.

El campo de juego lució impecable, sin rastros del pasado recital de Alejandro Sanz ni perjudicado por las lluvias, e invitaba a que los protagonistas se pusieran a la altura con el buen juego. Y un clima ideal para que se viera un lindo espectáculo, semicaluroso y entre nublado, le daba al duelo un contexto apropiado para un clásico.

Un atractivo espectáculo de humo azul y blanco, con los fuegos artificiales, precedió el inicio del partido. Y antes de que la pelota comenzara a rodar, hubo un sentido minuto de silencio por el fallecimiento de Ricardo Aimar, el padre de Pablo y Andrés Aimar.

Pero la efervescencia en las gradas fue cediendo por la zozobras que la “T” pasó en el primer cuarto de hora, cuando el arco de Guido Herrera estuvo a punto de ser vulnerado por el dominio que ejercía el equipo de Diego Flores. Un cabezazo de Dávila a los 16m que se fue “ahí”, rompió la inercia e hizo despertar momentáneamente a los matadores.

El clásico comenzó a “picarse”, ensuciarse y a tomar atmósfera de tal en el campo de juego con la amarilla que le Darío Herrera le mostró al capitán de la Gloria Alarcón y la que el árbitro le mostró a Sforza (antes ya había sido amonestado el brasileño Guth).

Pero a los 31, esa jugada que armó Ronaldo Martínez, que se prolongó en el cabezazo del debutante Maidana que dio en el palo y cuyo rebote el pibe Dávila mandó a la red, invirtió los polos del encuentro. Y en las tribunas, la hinchada de la “T” comenzó a proyectarse al próximo domingo, cantando “Che Belgrano, che Belgrano, que amargado se te ve, cada vez nos falta menos, para volvernos a ver”, avizorando el clásico mayor en el Gigante de Alberdi.

Faltaba un tiempo y chirolas como para tirar manteca al techo, Talleres no había dominado y el juego estaba lejos de estar cerrado, pero la escena fue una postal de por donde pasaba su real interés. Era inevitable, en una semana que le deparaba dos clásicos: uno de menor entidad para el sentir de su gente -no para los hinchas de Instituto-, y el otro, al que sí considera como tal. Con razón o no.

Después, el clásico fue escribiendo su historia y terminó como terminó.

El recibimiento desde el campo de juego

El recibimiento a la T desde La Voz:

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